La presencia moderna de la Ciguapa en la cultura dominicana, es palpable en múltiples momentos, En la plástica, la primera noticia la aporta el Inolvidable poeta Franklin Mieses Burgos, al referirle al Escritor Mora Serrano de la existencia de una pintura que realizara en París el artista Jaime Colson y que titulara “Ciguapal”. Más recientemente en la plástica Ureña Rib con la tela “Aquella Huída de la Ciguapa” referencia de mi amigo Danilo de los Santos, sobre una pintura de 1976 alojada en el Museo de Arte Moderno.
Aquí se compila cuanto de la ciguapa se cuenta, atendiendo al llamado del maestro Manuel Mora Serrano, quien enseña que es la auténtica leyenda dominicana y como tal, bandera de dominicanidad.
domingo, 27 de junio de 2010
LA CIGUAPA EN LA HIST0RIA DE LA PLASTICA Y LA LITERATURA DOMINICANA
La presencia moderna de la Ciguapa en la cultura dominicana, es palpable en múltiples momentos, En la plástica, la primera noticia la aporta el Inolvidable poeta Franklin Mieses Burgos, al referirle al Escritor Mora Serrano de la existencia de una pintura que realizara en París el artista Jaime Colson y que titulara “Ciguapal”. Más recientemente en la plástica Ureña Rib con la tela “Aquella Huída de la Ciguapa” referencia de mi amigo Danilo de los Santos, sobre una pintura de 1976 alojada en el Museo de Arte Moderno.
domingo, 21 de septiembre de 2008
EL AMOR DE LA CIGUAPA

Curtido en luchas intestinas, veterano guerrillero, Prudencio Meregildo se ha independizado con sus secuaces tomando posiciones en torno al fogón, donde manos expertas se mueven incansables manejando los cuchillos y los criollos aderezos. Sobre enorme brasero se cuece el fruto de la rapiña; un cuarto de res y un centenar de hermosos plátanos de la hoya del Camú. Mientras emanaciones apetitosas invaden el ambiente, con la promesa de una tardía pero abundante cena después de la cual, habrán de conceder a sus cuerpos algunas horas de merecido descanso. Recostados unos sobre las raíces de los árboles, tirados otros en el suelo y formando los restantes ruidosos grupos que se entregan con igual facilidad a la discusión que a la charla estrepitosa.
Ha cesado como por encanto la algarabía, al levantarse esa voz pausada con la apasionante seducción de lo enigmático, de lo sobrenatural. Es a la hora del reposo, tras fatigosas jornadas de excitación y de peligro, en que las sombras y el silencio circundantes predisponen al retraimiento, a la superstición.
Y mientras llega la hora de saciar el hambre:
-Cuando en las grandes siembras de café empezaron a tumbar los montes, antes de talar, marcaban el terreno con unas trochas larga y por esos mismos callejones bajaban de noche las ciguapas a robarse la sal y la manteca. Pero aunque las sentían escarbando en las cocinas, nadie se levantaba, se contentaban con dejarlas hacer y deshacer y ni siquiera ladraban los perros, porque ellas los bajéan primero. Noches había, que no les permitían pegar los ojos y se las pasaban desvelaos en sus barbacoas, contando las horas hasta que a ellas les daba la gana de volverse al monte, y namá se les oía el canto: jup, jup, jup. Loma adentro, sembraban frijoles en los claros y así que cerraba la noche, venían de ni se sepa dónde y desenterraban los granos. Cosas que yo no sabía oí contar en esa reunión: no hay machos sino hembras, y cuando se enamoran, porque dicho sea de paso se encaprichan igualito que las mujers, no le pierden ni pie ni pisá a su hombre hasta que éste, despavorío, tiene que consentir. Echarles mano ya es cosa más difícil. Que se sepa, el único sistema conocío, asigún aseveró el mentao Tolentino Fermín, es chubarles un perro negro cinqueño y más adelante las encuentra usté añingotás soplándoles: ¡sió perro! ¡sió perro! muertas de miedo. Pero hay que seguirles la huella, no como al cristiano nacío de mujer bautizá, sino por la dirección de los calcañales, porque tienen los pies al revés y cuando corren, les suenan como chancletas.
-¡Jum! -hizo uno, abriendo desmesuradamente los ojos- ¡Carijo! ¿Esas no serán cosas de Satanás?
-¡Bah!-repuso en su misma cara el que le quedaba al lado-. Ese cuento es más viejo que el andar a pie. Siempre son referencias de otros; que Celesto la oyó, que Presbisterio la sintió, que a mi comadre Olaya le dio un susto... pero todavía no encuentro la persona que me diga claramente: ¡yo la vide con estos ojos; tenía una mata de cabello que le arrastraba por el suelo y corría con los pies al revés! ¿Digo o no digo la verdá, amigo Severo? De los presentes, el que tenga un testimonio de esta clase, que lo haga valer aquí y nos dejará convencidos pa réquiem.
-Eso de que las hayan visto es bacalao de otro barril. Lo que opina Benito es la pura realidá: que me aseguraron, que yo oí cantar, que me dijo mi compadre Anacleto ¡pero nadie la vio con sus propios ojos, ni le puso la mano encima! Y mientras tanto quedamos en la misma, creyendo en una cosa, poique yo no niego que también creo, de la que nadie puede decir ¡este pelo es de ella, yo mismo se lo arranqué!
-Fue en La Vega -terció otro- donde sucedió lo que les voy a contar. Pero la verdá sea dicha, tampoco voy a jurar que las he visto. Cierto día, un hombre salió a cazar camino de Jarabacoa, donde andaba el puerco cimarrón jugando al garrote por entre esos pinares. Después de medio día caminando monte adentro, el perro que lo acompañaba rompió a ladrarle a un tocón lleno de flecos. Receloso, poique no cataba pájaro ni animal, se acercó y vio que no eran tales flecos ni bejucos como había creído primero sino cabellos. Y de lejos, comenzó a lavantarlos con el cañón de la escopeta ¡Y aquí fue donde retorció la puerca el rabo! ¡Oigan eso! Se encontró con un par de ojos como de gente que lo miraba. Los de una ciguapa, mansita como una gallina y se la llevó al pueblo. Pero taba de parto y los pechos le diban estilando la leche. Cuando el hombre del cuento se aburrió de ganar dinero con la pájara ésa, llegó hasta a pasearla por las calles, pero el cura, lo obligó a devolverla al mesmo sitio del mote que la había capturao, poique se manijaba llorando su cría, la pobre. Esa no llegaría a una vara de alto, asigún me contó el viejo Tomás, que es hombre serio y no dice una cosa por otra. Él era todavía un muchacho en esa época y pudo verla con sus propios ojos.
-Historias, historias... ¿A qué se debe entonces, que en mi camino se se hayan cruzao junca, con tanta montaña solitaria como he rejendío yo a toas horas del día y de la noche?
-Es que a to el mundo no se le aparecen, amigo Carpin, hay que tener la sangre dulce pa ellas, lo mismo que pa las pulgas.
Prudencio Meregildo, que se disponía a encender un grueso cigarro, tiró el fósforo lejos de sí y lanzó una risotada.
-¡Anjá! -dijo burlón-, ¿Cómo el que siembra cocos sentao en el suelo, para que la mata se dé bajita?
Pero no faltó quien, interrumpiendo la carcajada general, formulara muy en serio la siguiente observación:
-Que no se figure nadie, que esas son cosas de ahora. Mi abuelo juraba haber visto las ciguapas, y los indios también, que éstos últimos viven en cuevas, abajo el agua. Y cuando el río suena, por algo será. Si quieren, y no me estorban con sus jaranas, yo puedo contar algo por el estilo.
-¡Cuéntalo! ¡Cuéntalo.
ESCRITO Por ALFREDO FERNÁNDEZ SIMÓ
Publicado en Coloquio, sábado 28 de octubre de 1989
¿Quién era Parlero?
De ciguapas cotidianasPor Parlero
En estos tiempos que corren aerodinámicamente, y en que imperan la radio, el aeroplano, los helados en palito, la sulfanilamida y los tingo-talangos, sin contar con las maravillas aún no soñadas que habrá de traernos, en su apiñada maleta, la señora Post-Guerra, cuando hayamos ganado la Victoria, son muy pocos los pueblistas de volátil guayabera y de sandunguero caminar, que han oído, directamente de verídicos labios campesinos, las apasionantes historias de las ciguapas. Y tal vez, y hasta sin tal vez, puede que haya muchos que ni siquiera sepan, ni remotamente, lo que es una ciguapa.
Yo, la verdad, no tengo el honor de conocer personalmente a las ciguapas, pero, según las historias que corren, las ciguapas son a las montañas, lo que las ninfas a los ríos y las sirenas a los mares. Desde luego, que las ciguapas son mucho menos poéticas, según nos las describen las viejas leyendas. Una ciguapa es un ser que media entre el animal irracional y el hombre, pudiéndose asegurar que no es ni la una ni la otra cosa, propiamente dicho. Para dar una mejor definición de lo que es una ciguapa, según las noticias que tengo, diré que es una gente que parece animal y un animal que parece gente (en esto, muchas gentes que visten y calzan y que pululan por nuestras calles, no se diferencian mucho de la ciguapa, ¿verdad?). Tienen ellas, y esta es una de sus principales características, los pies volteados hacia atrás, con el calcañal delante; el cuerpo lo tienen cubierto de vellos gruesos y sus cabellos tan largos y abundantes que, como un manto, la protegen de las inclemencias de la intemperie. No hablan, pero sus emociones las expresan por medio de unos "jupidos" que les son característicos y que aún hoy, pueden oírse en el interior de nuestras montañas.
El entusiasmo que ha despertado en esta ciudad el concurso de alpinismo que patrocina la acrecitada casa comercial de los señores Manuel de Jesús Tavares Sucesores y el premio que ofrece para el primer grupo de excursionistas que en el año del centenario de la República logre subir primero al Pico Trujillo, ha puesto en nuestros corrillos las cuestiones de las montañas como cosa de palpitante actualidad, no siendo pocos las "brujas" que en sueños ven barajarse, mágicamente, los escarpados picos de las montañas con la montaña de papeles que supone el jugoso premio ofrecido. Así, pues, es de actualidad también como cosa de la montaña, la siguiente historia que un Don amigo mío, cuya testa hace pensar en la desolada cumbre de La Rucilla, relató en un corrillo una de estas noches últimas, y la cual historia, advirtió, no era un cuento hijo de la imaginación, sino algo real que había acontecido.
A PRINCIPIOS DE ESTE SIGLO, comenzó diciendo el Don mi amigo -conocí en San José de las Matas a Siñó Simón Peralta, quien entonces cifraba en los ochentas años largos. Era Siñó Simón un viejo pequeñito, rechonchito, muy velludo, juguetón (casi un primo octavo de las ciguapas). Él había nacido y se había criado en la Cañada del Caimito, paraje próximo a Las matas, y que debe haber sido un edén cuando Siñó Simón era un niño; se trata de un vallecito fértil, surcado por arroyuelos de aguas cantarinas y claras, circuido de altas colinas por un lado y pinares y pomares orejanos en todas direcciones. El hecho ocurrió cuando Siñó Simón era un niñito en faldetas (entonces, decía él, le llamaban Simoncito, y a la verdad que le quedaba bastante mono el diminutivo)... El "fundo" de los Peralta estaba en un altico, al otro lado de la cañada; en el fondo del patio había un cultivo de café, en el extremo del conuco de la familia. Este lugar era sitio predilecto de las ciguapas, pues abundaban en él las matas de ciruelas que era su fruta favorita y el cafetal de los Peralta el punto preferido para su entretención. De los propios labios de Siñó Simón oí lo siguiente: “Una ciguapita muy retozona y más atrevida que las otras que acostumbraban frecuentar el conuco, nos llegó a ser familiar, pues muy a menudo la veìamos de día en lo alto del cafetal; desde allí nos “jupiaba” a los muchachos, y nosotros habíamos aprendido a “jupiar” como ella. Así se cultivó nuestra confianza y nos hicimos amigos, al extremo de que un día logramos llevarla a casa. Taita estaba en una montería, y Mamita se asustó tanto al ver a la ciguapita en el patio con nosotros, que quiso echarla, pero al mirar la cara triste que tanto ella como nosotros pusimos, volvióse a la cocina y nos dejó jugando con ella. Esa ciguapita era lo más alegre y retozona que yo había visto; daba saltos, se retorcía, ensayaba quejidos de gozo y abrazándonos a los varoncitos, se revolcaba por el suelo con nosotros, como cosa que le era de mucho gusto. Cuando Taita volvió de la montería nos riñó por haber tenido a la ciguapita en casa, pero a ruegos de todos desistió de echarla, y, al fin, a él también le cayó en gracia y la dejó que permaneciera en casa. Desde entonces la ciguapita se quedó con nosotros. Todos los días iba al monte por un rato, pero siempre volvía y de noche se iba a dormir al cafetal.
En esa época era cura de San José de las Matas, -siguió diciendo Siñó Simón-, el Padre Espinosa, y Taita y él eran muy amigos y compadres. El Padre supo lo de la ciguapita, y le escribió una cartita a Taita en la que más o menos le decía: “Compadre: he sabido que Ud. tiene una “cosa” en su casa que puede traerle un gran trastorno en la familia. Yo le aconsejo que salga de eso inmediatamente. Si es gente, cosa que puede ser, Ud. debe traerla a bautizar. Venga a verme tan pronto como Ud. pueda”. Al día siguiente Taita fue al pueblo, vio al Padre y parece que hablaron mjy seriamente, pues Taita regresó al anochecer con la cara triste. El Padre le había hecho jurar que sacaría la “cosa” de la casa. Hasta Mamita lloró al saber lo que había jurado Taita, pues ya le teníamos mucho cariño a la ciguapita.
“Me acuerdo como si fuera hoy y todavía me entristece. Taita cortó una vara de romerillo, cogió a la ciguapita por un grazo, se la llevó al sitio más alto de la colina próxima, y a foetazos la echó por la desguindada del otro lado. Nadie habló esa noche en mi casa: ¡tan tristes estábamos todos!
Por varios días no volvimos a ver a la ciguapita, pero a pocas semanas volvió al cafetal y comenzó a jupiarnos. Así siguió haciéndolo todos los días, acercándose cada vez más a la casa. Taita no sabía qué hacer. Un día fue al pueblo, trajo una escopeta, y cuando la ciguapita se acercó a la casa, la cogió por los cabellos, se la llevó al sitio más alto y allí le largó un tiro para espantarla. Desde entonces no volvimos a ver a esa ciguapita que tanto nos había encariñado; pero las otras compañeras, que eran hurañas como son todas ellas, siguieron por mucho tiempo volviendo a nuestro conuco. El tiempo y la ciencia que ya se iba adentrando en nuestro sitio, hicieron más tarde que ya no volviéramos a ver más ciguapas”.
“Así terminó su extraño relato el viejo Siñó Simón –nos dijo Don amigo mío-, relato que nos llevó a épocas remotas y lejanas en que la ingenuidad y la pureza de alma eran flor que brotaba espontánea y lozana en todos los eriales, y en que la leyenda embriagaba el ambiente, con incienso…
Un listo adinerado, que estaba escuchando el relato, al terminar el Don amigo, aseguró estar dispuesto a dar una recompensa de $500.00 y hasta más, por una ciguapa viva que no estuviera mordida por los perros y que, si posible, fuera tan “descalentadita” como la ciguapita amiga de Siñó Simón.
Bonita oportunidad tienen, pues, los grupos de excursionistas que se preparan para ascender al Pico Trujillo, pues podrían hacer, como se dice corrientemente, en una vía dos mandados, si logran atrapar una ciguapa y traérsela al señor adinerado que ofrece quinientos pesos por ella!...
NOTA BENE. Luego he sabido que para coger una ciguapa hay que cazarla de noche, en un viernes de cambio de luna y con un perro negro que tenga blanco el hocico, la punta del rabo, las cuatro patas y el lomo del espinazo. VALE.
Publicado en La Información, de Santiago, R. D. 1943
miércoles, 10 de septiembre de 2008
EL "HUPIAR" DE LA CIGUAPA


Ilustración: Federico CantúPor el DR. MARCIO VELOZ MAGGIOLO
para Coloquio
sábado 28 de octubre de 1989
Todavía en mis años de infancia había cuatreros que se colocaban los zapatos al revés y ponían botas en igual orden a las bestias, para caminar en el barro y hacer creer que iban, y no que venían.
Podría decirse que tenían la técnica de la ciguapa, porque ésta, según decían los viejos del vecindario, con los calcañales al revés, se mueve hacia delante pero deja sus huellas mirando hacia atrás.
Yo siempre aspiré a ver las ciguapas.
Cuando tenía 8 años soñaba en las piernas de mi abuela con ese ser que vivía en las sierra de El Maniel en donde los ascendientes de Rafaela Núñez y Cabral viuda Maggiolo habían tenido fundaciones.
Desde pequeño me preguntaba: ¿Son sólo mujeres, son sólo seres femeninos? Mi lógica infantil me llevaba a la convicción de que también existían los ciguapos, porque ¿se qué manera se reproducían esos seres que sólo "jupiaban", o quizás hipaban, envueltos en cabelleras largas y sedosas que recuerdan las del ciguayo, indio que llevaba el pelo largo, y cuyo nombre étnico se parece tanto al de la ciguapa.
Mi duda infantil se vio satisfecha cuando mi viejo amigo Romeo Martínez me dijo que Mongo Matos, antiguo habitante de Villa Francisca, le confirmó que a veces se habían cazado ciguapas empreñadas.
Pero... ¿y los ciguapitos, no tendrían los pies normales? La verdad era que nunca se habló de los ciguapos. ¿Sería que los ciguapitos en cuanto sentían el tabaco y la mano dura de la comadrona enderezaban sus pies, venciendo la genética, y saliendo tal y como eran: bellos y aindiados muchachos que nada tienen que ver con leyenda alguna?
Los viejos de los patios, muchos procedentes de la zona cordillerana, aseveraban que las ciguapas no podrían hablar, que "Jupiaban o jipiaban" emitiendo un sonido que sólo ellas mismas entendían en medio de la noche; se sabía que lloraban junto a las indias de los charcos, cuyos peines desenredaban sus cabelleras parecidas a las de las ciguapas. Se sabía que las ciguapas bebían claror de luna, cantilena de arroyo despeñándose, cuando la noche era clara. Se decía que junto, a las indias de los charcos, esperaban el retorno de los caciques muertos en las matanzas de Higüey y Maguana, por Esquivel y Ovando. Desde entonces las indias de los charcos y las ciguapas andan juntas. Allí, cerca del corral de los indios de San Juan de la Maguana, en tierras de Jaragua, salen hacia los caminos y silban en la noche fermentada de cocoyos. Se las ve en el sitio de Juan de Herrera, en donde una vez murió una de maleficio, y le tiñeron los ojos con bija.
En Juan de Herrera, cuyo camino desemboca en el corral de los indios, todavía los espíritus de los taínos salen y se vuelven murciélagos. En Juan de Herrera todavía existe un núcleo de espíritus del pasado que gira en torno a sus habitantes y tiene contacto con ellos. Allí entre los cambrones distantes del pie de monte, viven varias ciguapas.
Don Fabián dice que no envejecen; doña Matilde, que hila algodón aún con el sistema indígena, señala que las ha visto y que su piel brilla como el charol.
En Juan de Herrera, y es voz sabida, una muchacha fue raptada hace ya años por el espíritu de un cacique. "Se la llevó el indio"; se sabe porque una noche se presentó en los sueños de Agueda, y le informó que la María había sido llevada al mundo de los tiempos idos, en donde abundan aún el casabe y donde las mariposas eran permanentes.
La noche en que fue raptada, las ciguapas "jupiaron", tronó, llovió rúdamente, y los caminos de piedra apisonada brillaron como nunca, como si en vez de agua cayese plástico derretido,vidrio líquido y cristalino. Una ciguapa acompañaba al cacique.
Los viejos se reunieron para atrapar a la ciguapa. Usaron de todos los encantos posibles, pero no pudieron conseguir el perro cinqueño de patas negras cuya característica es el poder alcanzarlas. No tenían tampoco el dominio del silbo que marea estas damas de la noche. Sin embargo, a sabidas de que la buscaban y de que los suyos lloraban, la María vino en sueños y le narró a Agueda cómo vivía.
Peinaba a las indias, daba de comer a las ciguapitas, y vivía al lado del cacique quien adoraba pasar sus manos callosas y viejas sobre el cuerpo pintado de luna nueva.
Todavía en la localidad se dice que la sombra de la María se pasea por los caminos de La Maguana de manos de dos ciguapitas de cuatro a cinco años. La llaman por su nombre:
-!Maríaaaaaaa! -y desaparece, pero se le siente cantar una canción distante:
que no se puede lavar
porque se convierte en sueño,
agua que no tiene dueño
escapándose hacia el mar.







