Cayo Claudio Espinal

La muerte de la ciguapa

Oyó el golpe seco de los ahorcados que caían en el piso de su alma, arañaban, pataleaban morados. Entonces un dolor de tonelada se le vino encima de pronto y sentía cómo se le asfixiaban una a una las cosas vividas en los años de su existencia. Pero luchó con puños secretos que tenía, con uñas se agarró a los minutos y se tapó la boca con trapos para no gritar hasta que su cuerpo se tumbó en el cansancio, en la inconsciencia del sueño.

Al recordar que las tristezas del mundo durante generaciones habían convertido en medio animales, en medio humanos a su familia, el cuerpo se le llenó de pavor y miedo tembloroso:

Recordó que su madre le decía que después de unos gritos horribles y estridentes, dentro de los mismos gritos llegaba, emergía un canto dulce, fluido y que era entonces cuando ellas podían convertirse en ciguapas o morían.

-No seguiré así, no moriré mañana. Dijo.

Todo comenzó cuando la vida se le hizo un nudo en la garganta.

Primero se llevaron a Pedro, lo metieron en la cárcel, jamás lo volvió a ver.

A su hijo El Moreno se lo trajeron de Vietnam, descalabrado. Todo muerto. A Boca de Perro le cortaron la lengua, sus adorables manos.

Su pobre Danilo quedó loco de tantos golpes que le dieron los guardias nacionales. A Sócrates se lo envenenaron.

Así fue como quedaron los hijos que tuvo aquella vez cuando ella andaba por el mundo.

Vivía en Pueblo Lorca, Municipio de la Provincia Duarte.

El sol amarillo del mundo cae aquí, los objetos parecen hechos de piel de girasoles.

El pueblo amarillo de Lorca fue mandado a construir por decreto. Sus habitantes se levantan temprano a acariciar las vacas que mugen de hambre; el gobernador tiene un sueño sensible y siempre se despierta rabioso.

Lo más interesante de este pueblo es la obligación de fornicar desde las nueve de la noche en adelante para que los hombres no piensen en tumbar gobiernos.

Y que se sepa en Pueblo Lorca a las mismas nueve de la noche comienzan los quejidos y los ríos de semen por las cunetas boyan donde los perros se los beben.

-No seguiré así, me moriré mañana. Dijo.

Como de costumbre, comenzó a recoger cucarachas de las que pasaban corriendo, les caía atrás y las exprimía. (Si las cucarachas cantaran como los grillos no hubiera derecho a matarlas; pero sólo pasean y comen y nunca levantan la voz). Pensó en los hombres. Fregó los platos. Mudó las sillas de guano a su sitio de costumbre. Cortó flores de su patio y las puso en un frasco color jarabe, ancho y lleno de agua. Luego comió: “a barriga llena corazón contento”.

-Si esta es la vida quiero morirme.

Por eso cuando sintió los ahorcados cayéndole en racimos, dejó que le sobreviniera un frío intensísimo que le erizaba los bellos y le paraba tanto los cabellos que parecían extendidos alambres negros.

Los ojos casi se le salían, empezó a gruñir convulsamente, a crisparse, los pies se le estaban torciendo con un sonido de palo quebrándose, ella gritaba, sudaba granos de lágrimas y el sopor la embargaba. El grito mayor fue cuando comenzaron a volteárseles las caderas, chirrió de espanto, la cara se le volvió una mueca, respiraba como resoplando con el estómago, extendió los pies como lo esterican los muertos, sintió cómo los gritos se les iban convirtiendo en una melancolía pesada y espesa, en una tristeza capaz de matarla y de la que salía un canto involuntario, un canto ajeno a sus fuerzas, un misterioso canto sostenido alto, melodioso, que dejó alargar como un hilo de música hasta que se le rompían las cuerdas vocales, hasta que se le estrellaban las arterias, el corazón arrítmico; roja la piel de la cara, morada por falta de respiración fue cayendo a la tierra hasta que sin dejar de cantar, sólo dio una revolcada de pollo y murió.

Se dice que el canto paralizó a los que lo escucharon y que éstos quedaron fuera de sí, atormentados, llenos de pesadillas, definitivamente inútiles para siempre.

Esa mañana fue encontrada derramando chorros de sangre por las narices, junto a los girasoles que ella criaba con sus orines en el triste Pueblo Lorca.

Todos sabían por qué morían las ciguapas, pero nadie dijo nada y los hombres siguieron ocupados, despertando, levantando quejidos a las nueve de la noche.

Publicado en Coloquio, sábado 28 de octubre de 1989
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