lunes, 5 de octubre de 2026

TAMARINDO, CRISTOS Y CIGUAPAS: UNA LECTURA DE LA HOSTOS 40 Y OTROS RELATOS, DE JULIO CÉSAR CASTAÑOS GUZMÁN

 


Por Vianibel Valerio

LA MEMORIA TIENE CAMINOS QUE NADIE ALCANZA A TRAZAR POR
COMPLETO. A veces se abre paso por una conversación que creíamos olvidada; vuelve
prendida de un gesto, de una voz o de una experiencia cuyo valor tardamos años en
comprender. Quizás por eso he sentido tantas veces el deseo de escribir acerca de los
sucesos sencillos de mi vida: para resguardarlos del olvido, para darles otra morada. Hay
recuerdos que se desvanecen sin despedirse y otros que siguen golpeando por dentro,
tercos y luminosos, porque dejaron en nosotros una huella que el tiempo no logró borrar.
Con esa inquietud entré en La Hostos 40 y otros relatos, de Julio César Castaños
Guzmán. Apenas recorrí sus títulos, me pregunté qué secreto podía enlazar una pelota con
una ciguapa, un tamarindo con una elefanta, una toga con los viejos estremecimientos de
la historia. Parecían piezas dispersas, pequeñas islas levantadas sobre aguas distintas.
Pero la lectura fue acercando sus orillas hasta revelarme un mismo cauce: cada relato nace
de algo que tocó la vida del autor y quedó latiendo en su conciencia.
Los cuarenta textos del libro avanzan por territorios diversos. Unos cuentan historias
de conflictos precisos; otros rescatan vivencias personales o se detienen ante preguntas
políticas, morales y religiosas. Con frecuencia, un narrador autodiegético vuelve a la
infancia mediante la analepsis y contempla, desde la madurez, escenas que el niño miró
sin comprender enteramente. Los años les han dado espesor y la escritura les ofrece una
nueva luz. Por esas páginas caminan también árboles, animales, casas y criaturas
legendarias que abandonan su aparente silencio para hablar de las pasiones, pérdidas y
esperanzas humanas.
Ahí reside una de las fuerzas creativas de Castaños Guzmán: en su manera de tocar lo
cotidiano hasta descubrirle un rostro secreto. El autor toma elementos cercanos de la
cultura dominicana y los conduce hacia la imaginación, sin arrancarlos de la tierra que les
dio origen. La realidad entra en sus relatos con polvo, sombra y memoria, y regresa
convertida en símbolo. Desde esa mirada pueden recorrerse los vínculos que la obra
tiende entre la familia, la sociedad, la política, la fe y ese persistente deseo de salvar lo
vivido.
Una de esas vías se abre en «La ciguapa». Todo comienza con la búsqueda de una
botija en el terreno de un antiguo aserradero de San José de las Matas. El narrador
acompaña a su tío Adalberto Hidalgo y lleva una aguja de marear, una cruz de piñón
criollo, un retrato de san Miguel Arcángel, agua bendita, un limón partido en cruz y tres
velas. Cada objeto arrastra una creencia antigua y prepara el ánimo para lo desconocido.
Entonces, detrás de un tocón, aparece una mujer desnuda bajo el resplandor de la luna.
En el pelo negrísimo se le enredan las estrellas y de su cuerpo sube un olor a madreselva.
Es hermosa, pero su belleza está herida: la criatura llora y deja caer unos versos llenos de
tristeza:
«De infinitas noches está marcada mi tristeza infinita…» (p. 25).25
La ciguapa representa el misterio de la leyenda dominicana, aunque más allá de la
mera imagen de la mujer de pies invertidos que seduce o extravía a los hombres. Castaños
Guzmán le entrega conciencia, dolor y sobre todo palabra. Es una criatura desalojada por
la destrucción de su propio hogar. Cuando confiesa ser la última de las ciguapas, el
narrador intenta reducirla al territorio del mito. Sin embargo, ella le devuelve la
advertencia de que pronto el bosque dominicano podría desaparecer y también pertenecer
a narraciones ficticias como ella. El viejo aserradero se convierte así en escenario y testigo
de la pérdida. El narrador buscaba una botija, una riqueza enterrada bajo la tierra, y
encuentra en cambio tocones, aserrín y silencio. Mientras los hombres persiguen el brillo
secreto de un tesoro, la verdadera fortuna desaparece delante de sus ojos.
Ante un mundo que se apaga, la ciguapa decide convocarlo por última vez y amarlo
antes de perderlo:
«Esta noche he decidido evocarlo todo, amarlo todo; acaso no vuelva a
verlo, y estos sean mis últimos versos» (p. 26).
Estos versos son de despedida. En ellos vuelven a vivir, aunque sea por un instante,
los charcos, las amapolas, los caños, las aves y los árboles. La última ciguapa habla por
una naturaleza que se queda sin refugio y sin voz. Al final, el tío sentencia que el
aserradero «acabó con todo», mientras la criatura se pierde a saltos entre la vegetación.
Los hombres han expulsado del monte sus árboles y también sus misterios.
La ciguapa reaparece en el relato «La ciguapita que alcanzó la gracia del mar», pero
abandona la espesura de San José de las Matas y baja hacia las costas de Barahona. Allí,
una sirena canta con una tristeza tan honda que su voz sube desde el agua, atraviesa la
floresta y alcanza a una pequeña ciguapa. La mueve el dolor ajeno. Baja por senderos
desconocidos, lleva sus pies invertidos hasta una arena que nunca habían tocado y se
acerca a la orilla. Del mar emerge una sirena hermosa, prisionera de la imagen que los
hombres inventaron para ella:
«Lloro por mí misma, condenada fatal de ser siempre una ilusión» (p. 30).
La sirena quisiera habitar el cuerpo de una mujer común. Siente que la cola la aparta
del amor y que sus cantos la condenan a desviar a los hombres. La ciguapita también sabe
que es diferente. Sus pies apuntan hacia atrás, pero nunca los ha visto como una carga. Se
acepta tal como es y, con tranquilidad, le responde:
«No me pesan estos pies, que no son otros que los únicos que he tenido, como
no deberías avergonzarte por ser sirena» (p. 30).
En ese diálogo se encuentra el corazón del relato. La sirena mira su diferencia como
una desgracia; la ciguapita la lleva con naturalidad y no necesita otro cuerpo para sentirse
libre. Ella sabe que la dicha comienza cuando dejamos de mirarnos con ojos prestados.
Las palabras de la ciguapita abren una claridad en la sirena. La mujer marina levanta un
lambí, lo hace sonar y regresa a las aguas cantando con alegría. Nada ha cambiado en su
cuerpo y, sin embargo, todo es distinto, porque ahora se contempla sin vergüenza. La
ciguapita recibe las caricias del mar y descubre que sus pies están derechos y firmes. Aquí 26
se evidencia una delicada ironía. La criatura que nunca rechazó sus pies los ve
transformarse; la que soñaba con otro cuerpo conserva el suyo y aprende a quererlo.
Los dos relatos renuevan el mito sin desprenderlo de sus raíces. Castaños Guzmán
concede a sus ciguapas pensamiento, sensibilidad y voz. Una custodia el bosque que
agoniza; la otra lleva hasta el mar una enseñanza sobre la identidad. También los paisajes
participan de esa creación: San José de las Matas huele a monte, botija y aserradero;
Barahona suena a olas, lambíes y cantos de sirena, entre manatíes, careyes y lomas. La
fantasía brota de la geografía dominicana.
Ese diálogo con la naturaleza continúa en «La herencia del tamarindo», aunque
ahora el árbol hunde sus raíces en la memoria familiar. Bajo su sombra se conversaba, se
estudiaba y se escuchaban las historias y los consejos del padre. Día tras día, el tamarindo
fue entrando en la vida de todos hasta volverse una presencia de la casa y una manera de
sentirse unidos. Solo con los años comprende el narrador cuánto guardaban aquellas
ramas. El árbol daba frutos, pero también sostenía recuerdos:
«Cuando él se deshojaba, nos deshojábamos con él;
si florecía, renacíamos con él» (p. 71).
¿Cuándo deja un árbol de ser solamente un árbol? Acaso cuando las voces de una
familia quedan prendidas de sus ramas y su sombra se mezcla con los aprendizajes de la
vida. El tamarindo había entrado tan hondo en la historia familiar que derribarlo era tocar
una parte de todos. Sin embargo, cae para abrir espacio a una oficina de abogados. El
progreso levanta sus paredes donde antes se levantaba la conversación. Algo se gana, pero
la claridad nueva llega acompañada de una ausencia que el narrador nombra así:
«Y embriagados por la claridad de un tamarindo derribado que se llevó su sombra,
deshizo el manto y nos dejó evocando sus frutas» (p. 71).
La luz que entra después del corte ilumina el patio y, al mismo tiempo, hace visible el
vacío. Ya no está la sombra protectora, pero el árbol se niega a desaparecer por completo.
Vive en la conciencia de la familia y vuelve a echar raíces en la escritura. Recordarlo es
sembrarlo de nuevo; es devolverle, palabra por palabra, el lugar que perdió en la tierra.
De la sombra familiar, la obra pasa a la intemperie de las vidas olvidadas. Allí aparece
otro relato, «Marta», la niñera que cuidó con ternura a Abelardo y que luego creyó en la
promesa de matrimonio de Antonio, un guardia. Él es trasladado y desaparece cuando ella
queda embarazada. Después del nacimiento de su hijo, Marta pierde el empleo y debe
separarse también del niño que había criado. Desde entonces, su vida avanza de abandono
en abandono. La luna, las amapolas y el color rojo acompañan su caída: primero anuncian
el amor; después, el rojo se vuelve sangre y la amapola, imagen de una belleza frágil.
Años más tarde, Marta llega a un hospital con una hemorragia grave. El médico que
intenta salvarla es Abelardo, ya adulto:
«Se murió Marta aquella noche. Y advirtió Abelardo que inútilmente
serena, se quedó esperando su nana la vida, como una amapola en pena»
(p. 43).27
Ese encuentro tardío le devuelve el nombre que la vida parecía haberle arrebatado.
Para los demás es una paciente más; para Abelardo continúa siendo Marta, la mujer que
lo cuidó en la infancia. La narración reúne los fragmentos de una existencia rota por
decisiones ajenas y los sostiene ante el lector. Al nombrarla, le devuelve la dignidad que
el abandono quiso quitarle.
En «Mami», ese abandono toma el cuerpo enorme y vulnerable de una elefanta.
Durante décadas vivió en el antiguo zoológico de Santo Domingo y entró en la memoria
de muchas familias. El narrador recuerda el día en que levantó con suavidad a su hermana
Grace por el cabello: una fuerza inmensa expresada mediante una caricia. Cuando los
demás animales son trasladados, Mami queda sola, expuesta al descuido y a la crueldad
de algunos visitantes. Su encierro atraviesa la dictadura de Trujillo, la Revolución de
Abril y los cambios posteriores. Los gobiernos pasan con sus promesas y sus ruidos; ella
continùa envejeciendo detrás de los barrotes padeciendo indirectamente los cansancios
de la historia nacional. Cuando llega la hora de llevarla al nuevo zoológico, la ciudad
descubre cuánto la había querido. Los niños acuden con trompas hechas de pedazos de
manguera y los adultos lloran. Mami no habitaba únicamente aquel recinto: vivía en la
infancia de varias generaciones. A Marta la reconocen cuando ya la muerte ha cerrado
sus caminos; a la elefanta, en cambio, el cariño colectivo llega a tiempo y le concede otra
oportunidad.
La memoria íntima se abre después a la historia del país en «La Hostos 40». La casa
familiar vuelve a levantarse mediante habitaciones, patios, goteras y sonidos. Allí
transcurre la vida diaria, pero también llegan los primeros temblores de la conciencia
política. Tras la muerte de Trujillo, el niño observa desde una ventana las manifestaciones
que reclaman la salida de la familia del dictador. Muchos años después, al evocar la
mudanza, comprende cuánto de ellos quedó respirando entre aquellas paredes:
«A mediados de 1962 nos mudamos a Gazcue, pero mucho de nosotros se
quedó en aquel caserón donde nos llegó la conciencia y conocimos la
muerte. Donde vimos nacer la democracia por una ventana» (p. 59).
La ventana es frontera y puente: separa la intimidad de la casa del hervor de la calle,
pero permite que ambas realidades se miren. Por ella, la democracia entra en los ojos de
un niño antes de entrar plenamente en la vida del país. La historia abandona por un
momento los discursos y las fechas para hacerse rumor doméstico. Hasta el fantasma que
aparece en el relato trae consigo una vieja advertencia política: alguien celebra que se
acabaron los tiburones y otra voz anuncia que vendrán nuevos. Cambian los nombres del
poder, pero algunas hambres continúan nadando bajo las mismas aguas.
Esa intranquilidad política se oscurece en «Esperanzas muertas». Un maestro viudo
llega a Montecristi después de ser trasladado durante la dictadura. Junto con los muebles,
debe colocar la placa que nombra a Trujillo jefe de la casa y el retrato de la madre del
dictador. El régimen ya no se conforma con gobernar las calles: entra al hogar y ocupa
sus paredes. El maestro cede porque necesita sostener a sus hijos, aunque dentro de él
luchan el padre responsable y el hombre que siente haber traicionado sus principios. Al
final, uno de los niños encuentra varios insectos verdes muertos bajo un poste y pregunta
qué son. «¡Cuántas esperanzas muertas!», responde el padre. El nombre de las criaturas
y el dolor del hombre se vuelven una sola cosa. La dictadura también mató de ese modo:
apagando lentamente las convicciones.28
El desgaste de los ideales continúa en «Después de abril». El narrador recuerda a los
jóvenes con quienes discutía de política tras la Revolución de 1965. Entonces creían que
el país podía transformarse y que el porvenir estaba al alcance de sus manos. Los años,
sin embargo, dispersaron al grupo: algunos se hicieron empresarios o profesionales; otros
emigraron o abandonaron sus antiguas ideas. Al traerlos a su memoria, el narrador busca
también al joven que fue. Quiere saber qué quedó de aquella generación y descubre que
el tiempo puede erosionar una esperanza sin ruido, con una paciencia tan dolorosa como
la del miedo.
En «Las anacahuitas del jardín», la política entra en el reino de la alegoría. Dos árboles
enormes dominan el terreno, reparten la sombra y reducen la luz que reciben las demás
plantas. Las aves cambian de rama según la protección o el beneficio del momento. La
dedicatoria a Juan Bosch y Joaquín Balaguer deja ver detrás de las anacahuitas dos
liderazgos prolongados de la vida dominicana.
El jardín es un país reducido a raíces, ramas y disputas por el sol. Algunos han crecido
tanto que apenas dejan espacio a los otros. En medio de esa vegetación aparece el bonsái:
está vivo, pero unas manos lo han obligado a mantenerse pequeño. Su figura simboliza la
imagen de una democracia recortada por quienes sostienen las tijeras.
Ante ese jardín dominado, tenemos también el relato «Mi gabinete verde» que imagina
otra relación con el poder. El narrador forma un gobierno de plantas y distribuye los
cargos según las virtudes de cada una. El plátano cuida la alimentación; la palma real, la
justicia; el tamarindo, la conciliación.
«Entonces me fue revelado que gobernar es respetar, y ordené que salváramos al monte
de su desaparición oprobiosa por la codicia de los hombres» (p. 95).
Gobernar aquí tiene el significado de un acto de cuidado. El monte se revela como una
comunidad viva, merecedora de respeto. La imaginación vegetal propone aquello que la
política humana olvida con demasiada facilidad.
Luego de atravesar la familia, el abandono y la historia, la escritura entra en los
espacios de la fe. En «El Cristo de los Estrados», un crucifijo contempla la sala de
audiencias donde se escuchan testimonios, se hacen juramentos y se dictan sentencias.
Bajo su mirada se decide la libertad de muchas personas. Su presencia trae a la memoria
que Cristo también estuvo frente a un tribunal y recibió una condena injusta. Por eso, su
presencia despierta una pregunta sobre la responsabilidad de quienes deciden el destino
de otras personas.
«El Cristo de los Estrados es el Jesús del Corazón» (p. 108).
El valor creativo del cuento se encuentra en convertir un crucifijo, un objeto habitual
en los tribunales, en un testigo silencioso de la justicia humana. A través de su figura, el
autor une el juicio de Cristo con los procesos judiciales del presente. Detrás de cada
expediente existe una persona con una historia, una familia, temores y esperanzas. Quien
juzga necesita conocer las leyes y, al mismo tiempo, comprender el peso humano de sus
decisiones. Una mentira, un gesto de indiferencia o una sentencia tomada con frialdad
pueden cambiar una vida para siempre. El relato deja una reflexión importante: la
verdadera justicia surge cuando la ley y la compasión caminan juntas.29
Esa manera de mirar continúa en «Los espejuelos de Dios». Después de soñar con
Cristo, el narrador encuentra una receta que le pide cambiar sus lentes. La indicación
alcanza un sentido más profundo, pues también debe transformar la forma en que se
observa a los demás. Este detalle cotidiano se transforma en una enseñanza sobre la
manera de mirar a los demás. Cambiar los lentes usando el lenguaje figurado, significa
dejar atrás los prejuicios y aprender a ver con empatía. El relato invita a mirar más allá
de las apariencias para reconocer los sentimientos y las necesidades de cada persona.
En «Los carpinteros de fuego», la naturaleza y la espiritualidad vuelven a encontrarse.
José y Jesús descubren un nido y deciden proteger la vida de las aves. Años después,
durante la crucifixión, los pájaros se acercan para ayudar a Cristo y la sangre marca de
rojo sus cabezas. Aquel gesto de misericordia regresa transformado en gratitud durante la
hora del sufrimiento. Las aves se acercan y acompañan a Jesús, como una respuesta al
cuidado que recibieron tiempo atrás.
La escena presenta la bondad como una semilla que está en la memoria de quien la
recibe. El cuidado ofrecido tiempo atrás vuelve convertido en gratitud justo cuando Jesús
atraviesa su mayor sufrimiento. Las aves, incapaces de cambiar su destino, le entregan
aquello que está a su alcance: su cercanía y su compañía. En ese acto se encuentra una
verdad profundamente humana, pues muchas veces el amor se manifiesta en la presencia
de quien permanece a nuestro lado durante los momentos más difíciles.
El valor creativo del relato surge de la manera en que el autor imagina el origen del
color rojo de estas aves y lo relaciona con la crucifixión. Esa marca se convierte en
memoria visible de la compasión compartida entre Cristo y la naturaleza.
Al terminar este recorrido, queda la impresión de que la creatividad de Castaños
Guzmán nace de tres fuentes que fluyen juntas: la memoria, el imaginario dominicano y
esa sensibilidad que le permite descubrir lo extraordinario en las cosas de cada día. Una
vivencia familiar, una leyenda, un animal o un hecho histórico le bastan para comenzar a
contar. En cada uno encuentra una verdad humana que el tiempo había cubierto de
silencio. Su mundo narrativo huele a madreselva y suena a marullos; conserva la sombra
del tamarindo y el polvo del aserradero. En sus páginas aparecen las montañas de San
José de las Matas, el mar de Barahona, la casa de la calle Hostos, el antiguo zoológico y
los tribunales donde la justicia busca la voz del corazón. Aunque cada relato sigue su
propio camino, todos nacen de una misma mirada: la del escritor que recoge lo vivido y
lo transforma por medio de la imaginación.
Guzmán entra en sus recuerdos, recoge las voces que el tiempo fue dispersando y les
ofrece una nueva vida a través de la imaginación. Esa es la fuerza creadora de su escritura:
salvar del olvido aquello que alguna vez tuvo un lugar en la vida. Gracias a esa ceremonia
de la palabra, el tamarindo derribado vuelve a ofrecer su sombra, Marta recupera su
nombre, Mami sigue caminando por la memoria del país y las ciguapas se internan otra
vez en el monte. Allí continúan, entre árboles, ríos y leyendas, cuidando los últimos
misterios de una tierra que todavía tiene muchas historias por contar.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Miguel Liranzo Valdez, escritor y vendedor de libros usados


Si encontramos a un médico taxeando, a un profesor vendiendo empanadas, o una enfermera trabajando en una banca de lotería, no sería extraño encontrar un psicólogo y escritor vendiendo libros usados en una esquina de la Capital.

Ese es el caso de Miguel Liranzo Valdez, quien por años se gana la vida vendiendo libros usados en la calle Palo Hincado esquina avenida Mella de la Ciudad Colonial, y quien ya ha impreso su tercer libro de narraciones folklóricas dominicanas, el cual es regalado a los clientes que compran en su negocio.

“Para el loco, no existe el día ni la noche; no existe nada a su alrededor, solo el vacio”. A si inicia la más reciente obra literaria del escritor y costumbrista Miguel Liranzo Valdez, “El loco de la Ciudad Colonial y otros relatos”.

La tercera obra de Liranzo es un intrigante documento que narra la vida de un individuo, pero que podría ser la vida de cualquiera de los muchos que deambulan en los barrios de la capital, con la salvedad de que en esta ocasión la historia transcurre en la más vieja ciudad del Nuevo Mundo, la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

En apenas 36 páginas, la historia nos adentra, no solo en los pensamientos más básicos de un hombre (Alejandro del Sol) con aparentes problemas psicológicos, sino también a la vida cotidiana de las personas que viven, trabajan o visitan lo que fuera la ciudad intramuros más importante en la época de la colonia.

Fernando del Café es el otro personaje de la narración principal que sin proponérselo juega un papel preponderante en la historia de “El Loco de la Ciudad Colonial” y cuya vida tiene muchas similitudes con la del escritor de las narraciones de este libro.

«Escribir es un arte muy difícil de ejercer, y más ahora con todo esto de la Internet y los libros digitales en línea. Pero sobre todo es un arte difícil de materializar (hacer libro), ya que la corrección, diagramación, ilustración e impresión cuestan un dineral en un país, donde son pocos los que se interesan por leer o comprar un libro, y donde no existe una política gubernamental de incentivar la lectura y mucho menos la escritura», expresó Liranzo.

En esta obra se pone de manifiesto la sensibilidad del escritor y su capacidad, no solo de percibir cosas que serían ajenas para el hombre común; sino también la habilidad de transmitir, a través de la escritura, lo que capta e interpreta de los personajes que conforman el mundo de sus narraciones (problemas psicológicos, pobreza, hambre, miseria, odio, amor, esperanza, etc.).

Sus otras obras publicadas son: “La noche que apareció el bacá” y “La ciguapa de Los Haitises y otros relatos”.

Biografía

Miguel Liranzo Valdez es oriundo de la localidad de Comendador, Elías Piña. Egresado de la escuela de psicología de la Universidad Nacional Evangélica. Se gana la vida con un negocio de venta y compra de libros usados y antigüedades. Fue en su tierra natal, siendo un muchacho, que empezó a escuchar primero de sus abuelos y luego de los allegados, todo tipo de cuentos de caminos y relatos. De ahí, le surge la idea de intentar recopilar y contar algunas de las historias y vivencias de esa época y tiempos modernos.

https://elnacional.com.do/miguel-liranzo-valdez-escritor-y-vendedor-de-libros-usados/

Jorge GonzÁlEz

jgo.jorgegonzalez@gmail.com


  

jueves, 25 de agosto de 2022

Romance de la Bestia y de la Diosa por Joaquín R. Priego en el libro CULTURA TAÍNA

Escultura de Joaquín R. Priego


HISTORIA y MITO

La primavera del año 1494, se había manifestado en la región cibaeña cual erupción violenta de colores y perfumes, denunciadores de la rica cornucopia del reino vegetal.

La eclosionar vendimia era protesta altiva de la naturaleza y de la tierra más fértil del mundo, el Cibao, ante la osadía de los orijuanas al violar la virginidad de la selva taína, estableciendo en el corazón de Quisqueya puntos de avanzadas como el fuerte Santo Tomás de Jánico en los cerros de Xánique.

Sobre la torre de horcones del fuerte, oteaba por las tardes el capitán Alonso de Ojeda, el pequeño pelirrojo de gigante corazón, atisbando lo inminente; el arribo de las hordas nativas asomando airadas por encimas de las crestas de las serranías, y allá a lo lejos, en las llanuras de Maguana, el bohío autóctono sonaba bi-rítmico lanzando a los vientos el llamado a las armas.

La noche llegaba en el escenario de Maguana: el batey del inmenso yucataque fué invadido de gente, gestando con exclamaciones bélicas la contienda por la libertad. Cuatro grandes hogueras iluminaban la noche tétrica de las terribles invocaciones a los cemíes de la guerra, Taragobaol y Buyaibá. Sobre el camellón central del batey se yergue el Cacique Caonabo, rey de reyes de la isla de Quisqueya; y seguro de su sino, después del aquelarre, hace tronar su voz de arenga y su formidable clamor de venganza impone su carácter de cíclope sobre la voluntad de la reina Anacaona, su esposa, admirada por toda su raza, por su belleza, cultura y virtudes.

Su persuasión de mujer inteligente y pacifista no pudo ponerle valladar a los impulsos ancestrales de bestialidad caribe de su iracundo consorte. Y bajo protesta de la reina, opuesta a decidir los problemas con los españoles por medio de la guerra, subestimando la desigual contienda, se incorpora el colosal Cacique oriundo de Tureyquerí, y la bélica columna primitiva marcha, los taínos lugartenientes Uxmatex y Mayrení comparten la responsabilidad de la moviente marejada. Miles de cuerpos semidesnudos, unos con teas y otros con pesadas macanas de guayacán se internan en la urdimbre misteriosa de la selva, trazando en la distancia la fosforescencia de una serpiente que se arrastra y desenrosca entre los recios troncos de la virginal Cordillera Central.

Atrás quedó Maguana; su inmenso caserío sin hombres. La reina Anacaona, apesadumbrada en su caney, rodeada de su corte real, y también de celos... En la región cibaeña hay una esbelta princesa india, cuya hermosura ha tiempo tiene trizado el corazón del gran Cacique. Y no sabemos ahora dilucidar si la oposición de Anacaona a que su esposo marchara al norte era precisamente oponiéndose a la guerra o a la posibilidad de que la admiración de la princesa hacia su esposo llegara a un romance que pusiera en peligro su amor y su reino.

No, indudablemente que el gran guerrero no pensó en la princesa Onaney cuando desató sus marciales arengas y puso en marcha de bélicas orgías la abigarrada muchedumbre india. Indudablemente que no pensó en aquella beldad ciguaya, cuya figura esbelta y fina pudo ser digna de clásicos mármoles o de académicos moldes florentinos.

Es posible también que la reina Anacaona sintiera motivados celos, no obstante su personalidad augusta y afamada hermosura; puesto que ella misma había reconocido los extraordinarios encantos de Onaney. El Padre Las Casas citó en sus memorias que Anacaona decía de Onaney que era la flor mas radiante de todo el Norte de la isla.

Era ella nativa de Xamaná; ágil, altiva, ligera; imaginémosla peinada al estilo ciguayo, con cabellera estirada y cogida sobre la nuca con lazos de silvestres zarcillos, y la melena azabachina flotando al viento, corriendo sobre los mármoles xamanenses, con arco y flechas en sus manos, siluetada por el sol de las auroras como la divina aparición de la Diana Cazadora saltando sobre los mármoles de la Grecia.

Imaginémosla así; cazando papagayos para llenar de plumas policromadas su nagua de algodón tejido y su cabeza de lamido pelo.

Las huestes primitivas marchan, cantando areytos heroicos loando las hazañas de su Hombre de Oro. Historean sus triunfos de un año hacia, cuando asaltaron el fuerte La Navidad, arrasándolo a fuego y sangre. Al recordar aquellos triunfos, con intermitentes exclamaciones de alabanzas, encendíase de marciales arrebatos la cólera del ultraje a la raza aborigen.

Al caer el Sol al día siguiente, la columna humana se interpone al paso continuo del  caudaloso río Bao; en su rico venero sacian la sed y mitigan el cansancio. Cruzan el río para acercarse más al fortín donde el ejército hispano con armas de fuego acecha temeroso, ya que todo lo extraña, desde el Sol que calcina hasta la onomatopeya de la selva y la montaña.

El gran Caonabo ordena acampar a poca distancia del fortín que se recorta en la noche lunar; y corren a sumárseles las tropas desbandada de las derrotas infligidas a los caciques Maniatibel y Guatiguaná.

Altivos están todos para la carga por la madrugada, queriendo repetir el triunfo de La Navi pero se frustran en su estrategia, el fortín está aislado por ancho y profundo foso lleno de agua por un canal del río Jánico, quedando resguardaos los 400 soldados de España con abundancia de municiones de boca y de guerra para resistir largo aislamiento.

La voz anunciadora de la llegada del ejército de 10,000 indios con Caonabo a la cabeza, corrió como un eco sobre campiñas y montañas de la isla; y al saberlo Onaney, siente en su cuerpo el estremecimiento de las pasiones amorosas en crescendos, por la admiración que le produce el formidable gladiador selvático de su broncínea raza.

y despertando todas las morbideces de su carnal escultura, se atavía con la galanura que natura brinda, prendiendo una flor de pitajaya en el atado de su pelo, rivalizando su incendio con el fuego de su boca.

Más hermosa que nunca lucía Onaney, su belleza eclipsó los atractivos de reinas, tales como Serna, esposa de Cayacoa, de Ainaicua, consorte de Guacanagarí, y de Berna, la favorita de Guarionex, escogidas por sus reyes entre las inmensas tribus taínas por las exquisiteces de sus encantos.

Y así, con el regio atavío de princesa ciguaya, seguida de cuatro doncellas que en todo la asisten; sale el cortejo de vírgenes al encuentro del formidable Cacique vencedor de los ejércitos de hierro, a quien había rendido su admiración e íntimas pasiones, desde que le conoció un año hacía, cuando recorrió el Cibao vencedor de La Navidad.

¿La esperaba el Cacique? ¿La presentía o soñaba con ella? En vela estaba la noche en que el viento y el trueno rezongaban en la selva, amenazando el dios Huricán, en protesta de que la

sirena de la gran bahía de Xamaná, la princesa mimada de los ciguayos corría en pos del amor del formidable Cacique truculento y audaz venido de lejanos pueblos.

Y los cemíes en protesta violentaron la selva; los vientos enfurecidos se oponían a que la ninfa de la floresta dejara de ser virgen en las ansias del bestial Cacique iracundo, en quien los suyos veían \lb Hombre de Oro. así le llamaban a Caonabo.

Onaney huye, huye ahora espantada del desenfreno de los dioses, llega al fin al campamento de los indios, y en un bohío que tiene una lumbre penetra despavorida de un rayo que estalla próximo a ella, cayendo exánime en los fornidos brazos del rey de Maguana.

Y ratos después, en que la lumbre parecía extinguirse, Caonabo susurra:

—Onaney, Onaney, despierta—, el viento amaina, y el rayo y tu amor me purifican. Eres la divina majestad de Atabeira, santifícame con su pía misericordia. No quiero ser malo ya, no quiero la guerra ... —y rezonga luego—: pero mi raza y mi pueblo me confían su libertad.

Las manos de la ninfa pasan suaves sobre el pecho musculoso y los hombros nervudos de la fiera que se amansa. Y la virgen dice: Los dioses propician nuestro connubio, mi destino será sublimizar tu espíritu, serás pacifista y no guerrero, usarás las armas del amor y del bien, con ellas allanarás montañas y convertirás las espinas en flores.

Así será si la luz de sus ojos no me falte, y la oración de tu palabra no se ausente de mis oídos.

Treinta días duró el paraíso terreno de la jurada unión de la bestia y de la Virgen. Treinta días de tormento para la guarnición española del fuerte de Santo Tomás de Jánico, donde el capitán Ojeda veía extinguirse las vituallas, obligado entonces a tener que romper el circo que le habían tendido los amenazadores indios.

Treinta días habían sido suficiente tiempo para la humanización del indomable Cacique. Ya había resuelto hacer la guerra, pero la guerra pacifista por el camino del bien y la concordia. Y alzó el campamento, encaminó de nuevo la muchedumbre, ahora hacia La Isabela, a confraternizar con Guamiquina, o sea, a parlamentar con el Almirante Cristóbal Colón.

Ojeda se alarma y se impacienta, sabiendo que La Isabela es ciudad abierta, que sus hombres están sufriendo de paludismo, que el Almirante está en nuevos descubrimientos; consciente está de que no puede permitir que llegue a La Isabela esa marejada de hombres ofendidos, como consciente está también de que no podrá hacerle frente a tanta gente de secretas intenciones. No se atreve a sacar su ejército para atacar, vacila y resuelve jugarse la vida, acostumbrado a ello estaba, y sale a caballo seguido de nueve jinetes más, le da alcance a la columna humana, se presenta en son de paz, y entra en relaciones con el gran Cacique.

Lo vió manso, lo vió humilde, y no supo Ojeda definir si era perfidia o eran temores. Y ante tal incertidumbre concibe la infamia de traicionarlo; y entonces, a la hora nona del día nono del mes de mayo del año conocido. llegados a las orillas del rio Yaque, descansando en la fronda de la rivera la real litera de Onaney, cuajada de girasoles, atencionada en sus ajuares por sus tímidas doncellas; se perpetra la infamia y la traición malévola.

Al salir del baño, bajo la más franca camaradería, el capitán brinda unas esposas de bruñido metal al Cacique, y éste, virtuoso ya, incapaz de creer que era perfidia de fementida la amistad del vivaz orijuna, se las deja poner mansamente en los brazos ante la vista de los suyos y subido en el brioso corcel del capitán, salen volando los diez jinetes hacia La Isabela con el Cacique amarrado en la grupa del caballo delantero.

Todo fue consumado en un relampagueo, los indios quedaron en el desorden más absoluto, parecía que su dios Saboya se había impuesto sobre ellos.

La princesa se culpaba de toda la desgracia, y se encamina en la selva seguida de sus doncellas. Camina y camina hasta enloquecer; camina hacia su original destino; camina repitiendo con vehemencia: ¡Es mía la culpa! ¡Es mía la culpa! Después sabe que su consorte ha sido enviado lejos y se perdió en el mar; y resuelve cumplir el rito de su estirpe, el de seguir los pasos de su marido en el viaje final; como lo hizo Guanatabanequena,  enterrándose viva con su esposo el rey Bohechío en la más augusta prueba de amor puro y eterno.

Se internó en las cuevas y grutas de la bahía de Xamaná, donde nadie la volviera a ver, enclaustrada con sus doncellas, lejos del mundo, sus moradas fueron las cavernas de Caño Hondo, Boca del Infierno, los Haitises, la cueva del Templo, de donde salía a bañarse y a caminar por las playas en los atardeceres, añorando el regreso del Cacique, perdido en el fondo del Océano. Pero no volvió nunca, nunca; y para siempre quedó en el ambiente la plegaria de Onaney, pidiéndole al dios de las aguas devolverle su hombre y su rey.

Y para siempre quedaron las huellas en las arenas, huellas sin retorno, porque para esquivar la curiosidad de los blancos orijunas, solían volverse a sus escondites caminando de espaldas; y aquella romántica historia terminó en leyenda o episodio Legendario: decían que habitaban mujeres de largas cabelleras y de pies invertidos. Aun nuestros padres cuentan a sus hijos el misterio de aquellas mujeres que suelen ser vistas y que viven debajo de las aguas, las cuales llamamos ciguapas, siendo esta palabra corruptela de ciguayas, y cuando se acuerda el coloso mar de la tragedia que las hombres infligieron a sus ninfas ciguayas, se violenta y brama, retumba en las cuevas y grutas en un empeño insaciado por borrar las huellas invertidas de los pies de las ninfas ciguayas, y para siempre duermen en el fondo de la bahía guardadas por el mar con codicia avara, celoso de sus encantos, lejos de los hombres, mecidas por las ondas del mar en noches lunares, mimadas por el misterioso y dorado paraíso del mito.

Romance de la Bestia y de la Diosa por Joaquín R. Priego en el libro CULTURA TAÍNA 

martes, 2 de agosto de 2022

La mujer del Gato Caifás

Cuento de Pedro Peix, incluido en el libro «El fantasma de la calle El Conde», 1988

Pedro Peix (1952-2015)

Una noche, una mujer que arrastraba pesadamente los ruedos de su vestido negro, entró al burdel del Gato Caifás, preguntando por un tal Férguson. Le dijeron que entrara en lo que se averiguaba. La llevaron bien adentro, al sótano donde el Gato Caifás depilaba de un sólo zarpazo a las primerizas y a las recién llegadas. Para contemplar sus artificios, la puso a caminar sobre una estrecha línea de tiza, y al darse cuenta de que cojeaba, mandó a desnudarla. La mujer se desvistió sola, desprendiéndose con furia sus grandes zapatos ortopédicos. Su cabeza casi llegaba al techo, y su cuerpo gigantesco parecía torneado con relieves de flagrante belleza. Al verla, el Gato Caifás dio instrucciones para que la subieran entre flores y lisonjas a una amplia habitación. Pasó toda la noche acompañado del pianista del burdel, declamándole los versos del Rey Salomón, pero ella lo desdeñó, abofeteándolo con una mano inmensa que lo hizo rodar contra la pared.

Al día siguiente, el Gato Caifás se apareció con su invariable bata negra de terciopelo y su habitual boquilla de marfil humeante entre los labios. Guardando la distancia, le tendió un estuche abierto con un brazalete de diamantes sin nombre, que ella en el acto rechazó, tirándolo al piso con violencia. Despechado, le ordenó a sus guardaespaldas que la estupraran en su presencia. Entre todos la tendieron a empellones y la embistieron brusca y tenazmente. Ya bien entrada la noche se dieron por vencidos: «Jefe, esa mujer tiene un rompeolas entre las piernas». El Gato Caifás gruñó y avanzó hacia ella sin sacarse las manos de los bolsillos de la bata. Arqueando el lomo, la olfateó con precaución y luego, enhestando sus bigotes, runruneó varias veces balbuceando algunas frases eróticas en francés medieval: «No es fauna de mi manigua», dijo en voz alta y se fue, taconeando sus botines de charol, pensando en sus adentros que en las oscuras vetas del amor, la degradación y el desprecio son las cartas de triunfo para conquistar de por vida cualquier sentimiento. sin más preámbulo dispuso que enrejaran las ventanas, que le pusieran a la mujer un sedal de hierro al cuello y que la encadenaran a dos argollas empotradas a la pared. Luego desperdigó hojas secas por la habitación, y propaló la noticia por todo el pueblo de que en su burdel había una hembra de feria.

La expuso de pie y de frente al público, completamente desnuda, con los cabellos sueltos: sólo los lunes por la noche la exhibía de espalda par que los hombres le vieran sus caderas trepidantes, estremecidas por la ira y alzadas en la penumbra como cordilleras inabarcables. Precisamente los lunes por la noche la habitación se volvía sofocante ante el ir y venir de los clientes. Muchos exigían que la pusieran en subasta, otros llegaban con sus parientes para proponerle matrimonio y algunos habían abandonado a sus esposas y a sus hijos para mudarse en el burdel. Los alaridos feroces que lanzaba la mujer y los restallazos de cadenas con que sacudía las paredes de la habitación, más que asustarlos, enardecía a los espectadores, sentados ahora en varias poltronas que había acomodado el Gato Caifás a cinco metros de su rugiente desnudez.

Una vez a la semana, las prostitutas bañaban a la mujer arrojándole grandes baldes de agua al cuerpo y al rostro como si fuese realmente un animal de feria. Condolidas de su cautiverio, la convencieron para limarle las punzantes uñas y para peinarla rizándole los cabellos en ambias cascadas negras que le llegaban hasta la cintura, incluso la persuadieron para rasurarle la hermosura agreste de sus piernas y de sus muslos. Apiadadas, le cauterizaron las llagas del cuello y de las muñecas, y trepadas en butacas la perfumaron rociándole fragancias de tocador. Algunas, seducidas por las protuberancias y las frondas de su jugosa carnalidad, fingían consolarla para palparle con lentitud la pradera de sus senos. Eran ellas las que custodiaban el espectáculo, impidiéndole a los espectadores acercarse más allá de la frontera visual que había trazado el Gato Caifás, y de paso conteniendo los requiebros obscenos y los raptos de lascivia que escenificaban diariamente aquellos hombres del pueblo que parecían ser los más ecuánimes y apocados. Tanto era el paroxismo citadino, que unos pocos aceptaban entrar y sentarse envueltos en camisas de fuerza, mientras otros le tiraban fajos de billetes, leontinas, perlas de corbata, pitilleras de oro y títulos de propiedad, proponiéndole extrañas posturas y aberraciones con utensilios, acaso como si ella fuese una corista de arrabal o una pendulera de troca viscosa.

Una madrugada en que hubo que sacar a empujones a varios forasteros impertinentes y soeces, postergándose el espectáculo para la noche siguiente, las rameras vieron a la mujer arrinconarse y sentarse con estruendo, transida por un letargo que parecía volvería dócil a sus recuerdos. La oyeron afirmar que en la Isla había ríos que nadie conocía. La oyeron decir que se llama Eliza, y que desde muy niña había desquiciado a cientos de hombres. Confesó que muchos se habían ahorcado por ella o que se habían cortado las venas o que se habían castrado al saber que no volverían a verla. Habló de unos bucaneros que la habían salado durante tres días para degustarla con mayor apetito. Evocó a un general que para verla dormida la había envuelto en la bandera de la patria. Mencionó a un ciego que la había sodomizado al no encontrar su guarnición supina, y que sin enloquecer por ella, se había marchado en la oscuridad, como si anduviese prófugo de su propia sombra.

Fue la única vez que las prostitutas escucharon la voz de Eliza; ni siquiera volvieron a oírla proferir sus chillidos desgarrantes, o a contemplarla desaforada y frenética por desatarse de sus cadenas. Cada día más la veían enflaquecer y demacrarse, poseída de un abatimiento que le había encorvado el cuerpo y embalsamado la mirada en una rigidez sin emociones ni mansedumbre. Cuando el Gato Caifás comprobó la creciente apatía y la rápida decrepitud de Eliza, clausuró el espectáculo y le puso candados a la habitación. Promovió nuevamente las fascinaciones de su burdel, reactivó el éxtasis de su clientela contratando a unas siamesas lesbianas que vivían empedernidas por las negras de batey, y siempre envuelto en su bata cautivante, siguió puliendo la saga de sus pasiones con grandes saltos felinos al tejado pluvial de las pubertas.

A Eliza la dejaron morir allá arriba, vuelta un pellejo, encadenada y recluida, aferrada  a sus grandes zapatos ortopédicos, sin que nadie supiera nunca que ella misma se había retorcido y desfigurado los pies, para no despertar sospecha o espanto, tan sólo por ir de pueblo en pueblo en busca del hombre que amaba: ella, Eliza, la última ciguapa de la isla, en busca de un ciego, un tal Férguson.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La CIGUAPA: ¿Cuál es su origen? (folklore y mitos Dominicanos)


 


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