Por Vianibel Valerio
Aquí se compila cuanto de la ciguapa se cuenta, atendiendo al llamado del maestro Manuel Mora Serrano, quien enseña que es la auténtica leyenda dominicana y como tal, bandera de dominicanidad.
Ese es el caso de Miguel Liranzo Valdez, quien por años se gana la vida vendiendo libros usados en la calle Palo Hincado esquina avenida Mella de la Ciudad Colonial, y quien ya ha impreso su tercer libro de narraciones folklóricas dominicanas, el cual es regalado a los clientes que compran en su negocio.
“Para el loco, no existe el día ni la noche; no existe nada a su alrededor, solo el vacio”. A si inicia la más reciente obra literaria del escritor y costumbrista Miguel Liranzo Valdez, “El loco de la Ciudad Colonial y otros relatos”.
La tercera obra de Liranzo es un intrigante documento que narra la vida de un individuo, pero que podría ser la vida de cualquiera de los muchos que deambulan en los barrios de la capital, con la salvedad de que en esta ocasión la historia transcurre en la más vieja ciudad del Nuevo Mundo, la Ciudad Colonial de Santo Domingo.
En apenas 36 páginas, la historia nos adentra, no solo en los pensamientos más básicos de un hombre (Alejandro del Sol) con aparentes problemas psicológicos, sino también a la vida cotidiana de las personas que viven, trabajan o visitan lo que fuera la ciudad intramuros más importante en la época de la colonia.
Fernando del Café es el otro personaje de la narración principal que sin proponérselo juega un papel preponderante en la historia de “El Loco de la Ciudad Colonial” y cuya vida tiene muchas similitudes con la del escritor de las narraciones de este libro.
«Escribir es un arte muy difícil de ejercer, y más ahora con todo esto de la Internet y los libros digitales en línea. Pero sobre todo es un arte difícil de materializar (hacer libro), ya que la corrección, diagramación, ilustración e impresión cuestan un dineral en un país, donde son pocos los que se interesan por leer o comprar un libro, y donde no existe una política gubernamental de incentivar la lectura y mucho menos la escritura», expresó Liranzo.
En esta obra se pone de manifiesto la sensibilidad del escritor y su capacidad, no solo de percibir cosas que serían ajenas para el hombre común; sino también la habilidad de transmitir, a través de la escritura, lo que capta e interpreta de los personajes que conforman el mundo de sus narraciones (problemas psicológicos, pobreza, hambre, miseria, odio, amor, esperanza, etc.).
Sus otras obras publicadas son: “La noche que apareció el bacá” y “La ciguapa de Los Haitises y otros relatos”.
Biografía
Miguel Liranzo Valdez es oriundo de la localidad de Comendador, Elías Piña. Egresado de la escuela de psicología de la Universidad Nacional Evangélica. Se gana la vida con un negocio de venta y compra de libros usados y antigüedades. Fue en su tierra natal, siendo un muchacho, que empezó a escuchar primero de sus abuelos y luego de los allegados, todo tipo de cuentos de caminos y relatos. De ahí, le surge la idea de intentar recopilar y contar algunas de las historias y vivencias de esa época y tiempos modernos.
https://elnacional.com.do/miguel-liranzo-valdez-escritor-y-vendedor-de-libros-usados/
Jorge GonzÁlEz
jgo.jorgegonzalez@gmail.com
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| Escultura de Joaquín R. Priego |
HISTORIA y MITO
La primavera del año 1494, se había manifestado en la región cibaeña cual erupción violenta de colores y perfumes, denunciadores de la rica cornucopia del reino vegetal.
La eclosionar vendimia era protesta altiva de la naturaleza y de la tierra más fértil del mundo, el Cibao, ante la osadía de los orijuanas al violar la virginidad de la selva taína, estableciendo en el corazón de Quisqueya puntos de avanzadas como el fuerte Santo Tomás de Jánico en los cerros de Xánique.
Sobre la torre de horcones del fuerte, oteaba por las tardes el capitán Alonso de Ojeda, el pequeño pelirrojo de gigante corazón, atisbando lo inminente; el arribo de las hordas nativas asomando airadas por encimas de las crestas de las serranías, y allá a lo lejos, en las llanuras de Maguana, el bohío autóctono sonaba bi-rítmico lanzando a los vientos el llamado a las armas.
La noche llegaba en el escenario de Maguana: el batey del inmenso yucataque fué invadido de gente, gestando con exclamaciones bélicas la contienda por la libertad. Cuatro grandes hogueras iluminaban la noche tétrica de las terribles invocaciones a los cemíes de la guerra, Taragobaol y Buyaibá. Sobre el camellón central del batey se yergue el Cacique Caonabo, rey de reyes de la isla de Quisqueya; y seguro de su sino, después del aquelarre, hace tronar su voz de arenga y su formidable clamor de venganza impone su carácter de cíclope sobre la voluntad de la reina Anacaona, su esposa, admirada por toda su raza, por su belleza, cultura y virtudes.
Su persuasión de mujer inteligente y pacifista no pudo ponerle valladar a los impulsos ancestrales de bestialidad caribe de su iracundo consorte. Y bajo protesta de la reina, opuesta a decidir los problemas con los españoles por medio de la guerra, subestimando la desigual contienda, se incorpora el colosal Cacique oriundo de Tureyquerí, y la bélica columna primitiva marcha, los taínos lugartenientes Uxmatex y Mayrení comparten la responsabilidad de la moviente marejada. Miles de cuerpos semidesnudos, unos con teas y otros con pesadas macanas de guayacán se internan en la urdimbre misteriosa de la selva, trazando en la distancia la fosforescencia de una serpiente que se arrastra y desenrosca entre los recios troncos de la virginal Cordillera Central.
Atrás quedó Maguana; su inmenso caserío sin hombres. La reina Anacaona, apesadumbrada en su caney, rodeada de su corte real, y también de celos... En la región cibaeña hay una esbelta princesa india, cuya hermosura ha tiempo tiene trizado el corazón del gran Cacique. Y no sabemos ahora dilucidar si la oposición de Anacaona a que su esposo marchara al norte era precisamente oponiéndose a la guerra o a la posibilidad de que la admiración de la princesa hacia su esposo llegara a un romance que pusiera en peligro su amor y su reino.
No, indudablemente que el gran guerrero no pensó en la princesa Onaney cuando desató sus marciales arengas y puso en marcha de bélicas orgías la abigarrada muchedumbre india. Indudablemente que no pensó en aquella beldad ciguaya, cuya figura esbelta y fina pudo ser digna de clásicos mármoles o de académicos moldes florentinos.
Es posible también que la reina Anacaona sintiera motivados celos, no obstante su personalidad augusta y afamada hermosura; puesto que ella misma había reconocido los extraordinarios encantos de Onaney. El Padre Las Casas citó en sus memorias que Anacaona decía de Onaney que era la flor mas radiante de todo el Norte de la isla.
Era ella nativa de Xamaná; ágil, altiva, ligera; imaginémosla peinada al estilo ciguayo, con cabellera estirada y cogida sobre la nuca con lazos de silvestres zarcillos, y la melena azabachina flotando al viento, corriendo sobre los mármoles xamanenses, con arco y flechas en sus manos, siluetada por el sol de las auroras como la divina aparición de la Diana Cazadora saltando sobre los mármoles de la Grecia.
Imaginémosla así; cazando papagayos para llenar de plumas policromadas su nagua de algodón tejido y su cabeza de lamido pelo.
Las huestes primitivas marchan, cantando areytos heroicos loando las hazañas de su Hombre de Oro. Historean sus triunfos de un año hacia, cuando asaltaron el fuerte La Navidad, arrasándolo a fuego y sangre. Al recordar aquellos triunfos, con intermitentes exclamaciones de alabanzas, encendíase de marciales arrebatos la cólera del ultraje a la raza aborigen.
Al caer el Sol al día siguiente, la columna humana se interpone al paso continuo del caudaloso río Bao; en su rico venero sacian la sed y mitigan el cansancio. Cruzan el río para acercarse más al fortín donde el ejército hispano con armas de fuego acecha temeroso, ya que todo lo extraña, desde el Sol que calcina hasta la onomatopeya de la selva y la montaña.
El gran Caonabo ordena acampar a poca distancia del fortín que se recorta en la noche lunar; y corren a sumárseles las tropas desbandada de las derrotas infligidas a los caciques Maniatibel y Guatiguaná.
Altivos están todos para la carga por la madrugada, queriendo repetir el triunfo de La Navi pero se frustran en su estrategia, el fortín está aislado por ancho y profundo foso lleno de agua por un canal del río Jánico, quedando resguardaos los 400 soldados de España con abundancia de municiones de boca y de guerra para resistir largo aislamiento.
La voz anunciadora de la llegada del ejército de 10,000 indios con Caonabo a la cabeza, corrió como un eco sobre campiñas y montañas de la isla; y al saberlo Onaney, siente en su cuerpo el estremecimiento de las pasiones amorosas en crescendos, por la admiración que le produce el formidable gladiador selvático de su broncínea raza.
y despertando todas las morbideces de su carnal escultura, se atavía con la galanura que natura brinda, prendiendo una flor de pitajaya en el atado de su pelo, rivalizando su incendio con el fuego de su boca.
Más hermosa que nunca lucía Onaney, su belleza eclipsó los atractivos de reinas, tales como Serna, esposa de Cayacoa, de Ainaicua, consorte de Guacanagarí, y de Berna, la favorita de Guarionex, escogidas por sus reyes entre las inmensas tribus taínas por las exquisiteces de sus encantos.
Y así, con el regio atavío de princesa ciguaya, seguida de cuatro doncellas que en todo la asisten; sale el cortejo de vírgenes al encuentro del formidable Cacique vencedor de los ejércitos de hierro, a quien había rendido su admiración e íntimas pasiones, desde que le conoció un año hacía, cuando recorrió el Cibao vencedor de La Navidad.
¿La esperaba el Cacique? ¿La presentía o soñaba con ella? En vela estaba la noche en que el viento y el trueno rezongaban en la selva, amenazando el dios Huricán, en protesta de que la
sirena de la gran bahía de Xamaná, la princesa mimada de los ciguayos corría en pos del amor del formidable Cacique truculento y audaz venido de lejanos pueblos.
Y los cemíes en protesta violentaron la selva; los vientos enfurecidos se oponían a que la ninfa de la floresta dejara de ser virgen en las ansias del bestial Cacique iracundo, en quien los suyos veían \lb Hombre de Oro. así le llamaban a Caonabo.
Onaney huye, huye ahora espantada del desenfreno de los dioses, llega al fin al campamento de los indios, y en un bohío que tiene una lumbre penetra despavorida de un rayo que estalla próximo a ella, cayendo exánime en los fornidos brazos del rey de Maguana.
Y ratos después, en que la lumbre parecía extinguirse, Caonabo susurra:
—Onaney, Onaney, despierta—, el viento amaina, y el rayo y tu amor me purifican. Eres la divina majestad de Atabeira, santifícame con su pía misericordia. No quiero ser malo ya, no quiero la guerra ... —y rezonga luego—: pero mi raza y mi pueblo me confían su libertad.
Las manos de la ninfa pasan suaves sobre el pecho musculoso y los hombros nervudos de la fiera que se amansa. Y la virgen dice: Los dioses propician nuestro connubio, mi destino será sublimizar tu espíritu, serás pacifista y no guerrero, usarás las armas del amor y del bien, con ellas allanarás montañas y convertirás las espinas en flores.
Así será si la luz de sus ojos no me falte, y la oración de tu palabra no se ausente de mis oídos.
Treinta días duró el paraíso terreno de la jurada unión de la bestia y de la Virgen. Treinta días de tormento para la guarnición española del fuerte de Santo Tomás de Jánico, donde el capitán Ojeda veía extinguirse las vituallas, obligado entonces a tener que romper el circo que le habían tendido los amenazadores indios.
Treinta días habían sido suficiente tiempo para la humanización del indomable Cacique. Ya había resuelto hacer la guerra, pero la guerra pacifista por el camino del bien y la concordia. Y alzó el campamento, encaminó de nuevo la muchedumbre, ahora hacia La Isabela, a confraternizar con Guamiquina, o sea, a parlamentar con el Almirante Cristóbal Colón.
Ojeda se alarma y se impacienta, sabiendo que La Isabela es ciudad abierta, que sus hombres están sufriendo de paludismo, que el Almirante está en nuevos descubrimientos; consciente está de que no puede permitir que llegue a La Isabela esa marejada de hombres ofendidos, como consciente está también de que no podrá hacerle frente a tanta gente de secretas intenciones. No se atreve a sacar su ejército para atacar, vacila y resuelve jugarse la vida, acostumbrado a ello estaba, y sale a caballo seguido de nueve jinetes más, le da alcance a la columna humana, se presenta en son de paz, y entra en relaciones con el gran Cacique.
Lo vió manso, lo vió humilde, y no supo Ojeda definir si era perfidia o eran temores. Y ante tal incertidumbre concibe la infamia de traicionarlo; y entonces, a la hora nona del día nono del mes de mayo del año conocido. llegados a las orillas del rio Yaque, descansando en la fronda de la rivera la real litera de Onaney, cuajada de girasoles, atencionada en sus ajuares por sus tímidas doncellas; se perpetra la infamia y la traición malévola.
Al salir del baño, bajo la más franca camaradería, el capitán brinda unas esposas de bruñido metal al Cacique, y éste, virtuoso ya, incapaz de creer que era perfidia de fementida la amistad del vivaz orijuna, se las deja poner mansamente en los brazos ante la vista de los suyos y subido en el brioso corcel del capitán, salen volando los diez jinetes hacia La Isabela con el Cacique amarrado en la grupa del caballo delantero.
Todo fue consumado en un relampagueo, los indios quedaron en el desorden más absoluto, parecía que su dios Saboya se había impuesto sobre ellos.
La princesa se culpaba de toda la desgracia, y se encamina en la selva seguida de sus doncellas. Camina y camina hasta enloquecer; camina hacia su original destino; camina repitiendo con vehemencia: ¡Es mía la culpa! ¡Es mía la culpa! Después sabe que su consorte ha sido enviado lejos y se perdió en el mar; y resuelve cumplir el rito de su estirpe, el de seguir los pasos de su marido en el viaje final; como lo hizo Guanatabanequena, enterrándose viva con su esposo el rey Bohechío en la más augusta prueba de amor puro y eterno.
Se internó en las cuevas y grutas de la bahía de Xamaná, donde nadie la volviera a ver, enclaustrada con sus doncellas, lejos del mundo, sus moradas fueron las cavernas de Caño Hondo, Boca del Infierno, los Haitises, la cueva del Templo, de donde salía a bañarse y a caminar por las playas en los atardeceres, añorando el regreso del Cacique, perdido en el fondo del Océano. Pero no volvió nunca, nunca; y para siempre quedó en el ambiente la plegaria de Onaney, pidiéndole al dios de las aguas devolverle su hombre y su rey.
Y para siempre quedaron las huellas en las arenas, huellas sin retorno, porque para esquivar la curiosidad de los blancos orijunas, solían volverse a sus escondites caminando de espaldas; y aquella romántica historia terminó en leyenda o episodio Legendario: decían que habitaban mujeres de largas cabelleras y de pies invertidos. Aun nuestros padres cuentan a sus hijos el misterio de aquellas mujeres que suelen ser vistas y que viven debajo de las aguas, las cuales llamamos ciguapas, siendo esta palabra corruptela de ciguayas, y cuando se acuerda el coloso mar de la tragedia que las hombres infligieron a sus ninfas ciguayas, se violenta y brama, retumba en las cuevas y grutas en un empeño insaciado por borrar las huellas invertidas de los pies de las ninfas ciguayas, y para siempre duermen en el fondo de la bahía guardadas por el mar con codicia avara, celoso de sus encantos, lejos de los hombres, mecidas por las ondas del mar en noches lunares, mimadas por el misterioso y dorado paraíso del mito.
Romance de la Bestia y de la Diosa por Joaquín R. Priego en el libro CULTURA TAÍNA
Cuento de Pedro Peix, incluido en el libro «El fantasma de la calle El Conde», 1988
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| Pedro Peix (1952-2015) |
Una noche, una mujer que arrastraba pesadamente los ruedos de su vestido negro, entró al burdel del Gato Caifás, preguntando por un tal Férguson. Le dijeron que entrara en lo que se averiguaba. La llevaron bien adentro, al sótano donde el Gato Caifás depilaba de un sólo zarpazo a las primerizas y a las recién llegadas. Para contemplar sus artificios, la puso a caminar sobre una estrecha línea de tiza, y al darse cuenta de que cojeaba, mandó a desnudarla. La mujer se desvistió sola, desprendiéndose con furia sus grandes zapatos ortopédicos. Su cabeza casi llegaba al techo, y su cuerpo gigantesco parecía torneado con relieves de flagrante belleza. Al verla, el Gato Caifás dio instrucciones para que la subieran entre flores y lisonjas a una amplia habitación. Pasó toda la noche acompañado del pianista del burdel, declamándole los versos del Rey Salomón, pero ella lo desdeñó, abofeteándolo con una mano inmensa que lo hizo rodar contra la pared.
Al día siguiente, el Gato Caifás se apareció con su invariable bata negra de terciopelo y su habitual boquilla de marfil humeante entre los labios. Guardando la distancia, le tendió un estuche abierto con un brazalete de diamantes sin nombre, que ella en el acto rechazó, tirándolo al piso con violencia. Despechado, le ordenó a sus guardaespaldas que la estupraran en su presencia. Entre todos la tendieron a empellones y la embistieron brusca y tenazmente. Ya bien entrada la noche se dieron por vencidos: «Jefe, esa mujer tiene un rompeolas entre las piernas». El Gato Caifás gruñó y avanzó hacia ella sin sacarse las manos de los bolsillos de la bata. Arqueando el lomo, la olfateó con precaución y luego, enhestando sus bigotes, runruneó varias veces balbuceando algunas frases eróticas en francés medieval: «No es fauna de mi manigua», dijo en voz alta y se fue, taconeando sus botines de charol, pensando en sus adentros que en las oscuras vetas del amor, la degradación y el desprecio son las cartas de triunfo para conquistar de por vida cualquier sentimiento. sin más preámbulo dispuso que enrejaran las ventanas, que le pusieran a la mujer un sedal de hierro al cuello y que la encadenaran a dos argollas empotradas a la pared. Luego desperdigó hojas secas por la habitación, y propaló la noticia por todo el pueblo de que en su burdel había una hembra de feria.
La expuso de pie y de frente al público, completamente desnuda, con los cabellos sueltos: sólo los lunes por la noche la exhibía de espalda par que los hombres le vieran sus caderas trepidantes, estremecidas por la ira y alzadas en la penumbra como cordilleras inabarcables. Precisamente los lunes por la noche la habitación se volvía sofocante ante el ir y venir de los clientes. Muchos exigían que la pusieran en subasta, otros llegaban con sus parientes para proponerle matrimonio y algunos habían abandonado a sus esposas y a sus hijos para mudarse en el burdel. Los alaridos feroces que lanzaba la mujer y los restallazos de cadenas con que sacudía las paredes de la habitación, más que asustarlos, enardecía a los espectadores, sentados ahora en varias poltronas que había acomodado el Gato Caifás a cinco metros de su rugiente desnudez.
Una vez a la semana, las prostitutas bañaban a la mujer arrojándole grandes baldes de agua al cuerpo y al rostro como si fuese realmente un animal de feria. Condolidas de su cautiverio, la convencieron para limarle las punzantes uñas y para peinarla rizándole los cabellos en ambias cascadas negras que le llegaban hasta la cintura, incluso la persuadieron para rasurarle la hermosura agreste de sus piernas y de sus muslos. Apiadadas, le cauterizaron las llagas del cuello y de las muñecas, y trepadas en butacas la perfumaron rociándole fragancias de tocador. Algunas, seducidas por las protuberancias y las frondas de su jugosa carnalidad, fingían consolarla para palparle con lentitud la pradera de sus senos. Eran ellas las que custodiaban el espectáculo, impidiéndole a los espectadores acercarse más allá de la frontera visual que había trazado el Gato Caifás, y de paso conteniendo los requiebros obscenos y los raptos de lascivia que escenificaban diariamente aquellos hombres del pueblo que parecían ser los más ecuánimes y apocados. Tanto era el paroxismo citadino, que unos pocos aceptaban entrar y sentarse envueltos en camisas de fuerza, mientras otros le tiraban fajos de billetes, leontinas, perlas de corbata, pitilleras de oro y títulos de propiedad, proponiéndole extrañas posturas y aberraciones con utensilios, acaso como si ella fuese una corista de arrabal o una pendulera de troca viscosa.
Una madrugada en que hubo que sacar a empujones a varios forasteros impertinentes y soeces, postergándose el espectáculo para la noche siguiente, las rameras vieron a la mujer arrinconarse y sentarse con estruendo, transida por un letargo que parecía volvería dócil a sus recuerdos. La oyeron afirmar que en la Isla había ríos que nadie conocía. La oyeron decir que se llama Eliza, y que desde muy niña había desquiciado a cientos de hombres. Confesó que muchos se habían ahorcado por ella o que se habían cortado las venas o que se habían castrado al saber que no volverían a verla. Habló de unos bucaneros que la habían salado durante tres días para degustarla con mayor apetito. Evocó a un general que para verla dormida la había envuelto en la bandera de la patria. Mencionó a un ciego que la había sodomizado al no encontrar su guarnición supina, y que sin enloquecer por ella, se había marchado en la oscuridad, como si anduviese prófugo de su propia sombra.
Fue la única vez que las prostitutas escucharon la voz de Eliza; ni siquiera volvieron a oírla proferir sus chillidos desgarrantes, o a contemplarla desaforada y frenética por desatarse de sus cadenas. Cada día más la veían enflaquecer y demacrarse, poseída de un abatimiento que le había encorvado el cuerpo y embalsamado la mirada en una rigidez sin emociones ni mansedumbre. Cuando el Gato Caifás comprobó la creciente apatía y la rápida decrepitud de Eliza, clausuró el espectáculo y le puso candados a la habitación. Promovió nuevamente las fascinaciones de su burdel, reactivó el éxtasis de su clientela contratando a unas siamesas lesbianas que vivían empedernidas por las negras de batey, y siempre envuelto en su bata cautivante, siguió puliendo la saga de sus pasiones con grandes saltos felinos al tejado pluvial de las pubertas.
A Eliza la dejaron morir allá arriba, vuelta un pellejo, encadenada y recluida, aferrada a sus grandes zapatos ortopédicos, sin que nadie supiera nunca que ella misma se había retorcido y desfigurado los pies, para no despertar sospecha o espanto, tan sólo por ir de pueblo en pueblo en busca del hombre que amaba: ella, Eliza, la última ciguapa de la isla, en busca de un ciego, un tal Férguson.