sábado, 30 de agosto de 2008

EL SUEÑO DE MECHO



Mecho apoyó la carita en la mano y dejó la mirada perderse allá en el fondo del patio. La brisa movía las ramas de los árboles altos. La hierba seca subía en remolinos. Mariposas jugaban revoloteando, ya posándose sobre las flores, ya elevándose traviesas.

Los pensamientos de Mecho iban lejos, estaban en una cueva de los montes. Mirándole la expresión, casi nadie podría adivinar que el deseo secreto era convertirse en ciguapa. Para ello se valía de todas las imágenes que su abuela Gisela le había dibujado noche tras noche, mientras la mecía para dormirla.

A veces, estaba tan metida en su mundo, que descuidaba sus oficios. Se le olvidaba la tarea o remoloneaba cuando la enviaban a recoger la ropa tendida. Pensaba que en el mundo de las ciguapas nadie iba a la escuela ni lavaba. ¿Qué ropa iban a lavar, si andaban desnudas? ¿Qué trastos iban a fregar si comían naranjas dulces, guineos maduros y toda clase de frutos de las matas?

Huérfana de nacimiento, Mecho era una niña inteligente y vivaz. Doña Gisela se hizo cargo de ella comprendiendo que a esa muchachita no le bastarían los tratos comunes con que se atiende a otros niños.

A medida que fue creciendo, la pequeña mostraba una gran curiosidad: todo lo preguntaba. Sin embargo, Gisela era paciente, muy paciente con Mecho contestándole sus preguntas con respeto, razonándole, casi con una extraña devoción. Decía que aquella niña era la viva estampa de su hijo Paulino perdido en la cordillera.

Así llegó Mecho a los nueve años. De tanto escuchar los cuentos de su abuela, se apasionó con las historias de las ciguapas. Aprendió que sus orígenes se tejen en las raíces de la sociedad aborigen. Sabía que tenían la piel india como la de los taínos. Eran de proprociones armoniosas y delicadas... a pesar de ser criaturas salvajes, la sensibilidad y la hermosura las acompañaban siempre. En lugar de vestidos, su cabellera las cubría como sedoso manto. No podían llevar zapatos, ni sandalias, daban grandes saltos y salían a bañarse en las charcas montanas en rayos de luna. En fin, se decía Mecho, que las ciguapas eran casi como seres humanos. Su única diferencia era que tenían los pies al revés. Y sin embargo, ni se caían ni se movían con torpeza.

Doña Gisela contaba que las ciguapas corrían presurosas por los montes y saltaban de rama en rama, con agilidad, lanzando jupidos o gritos de ciguapas. Y eso era lo que le encantaba a la pequeña Mecho: un cuerpo sano y libre jugando por los campos.

Por eso se miraba, en el pensamiento, corriendo por ahí, con la melena suelta, sin que se le enredara entre las ramas, porque en los sueños se vencen todas las dificultades. Sólo las agujas de los pinos la adornaban y acompañaban con todos los perfumes de la cordillera.

Pura e inocente se veía ciguapa, aunque corría el riesgo de morir de pena si alguien a su alrededor se ponía triste. En la realidad, la niña soltaba trementos suspiros cuando veía enamorados en la televisión.

Mecho se imaginaba durmiendo en un montoncito de hierbas secas, dentro de una cueva. Tan pronto como se acostaba y empezaba a soñar se le volteaban los pies. Una y otra vez tenía el mismo sueño: Llegaba a la puerta de la cocina de doña Gisela gimiendo:

—¡Déme trabajo, señora! ¡Déme trabajo! —Gisela se lo daba y empezaba a barrer la casa sin que los pies la estorbaran.

Y así, mientras Mecho imaginaba que se hacía ciguapa, doña Gisela la miraba con unos ojos llenos de melancolía, húmedos de lágrimas. Sabía muy bien lo que la niña soñaba. Algún día, no sabía cuando, le contaría que su mamá, la que murió por darle la vida, había llegado un día casi a punto de dar a luz, con la cabeza baja. Algún día, Mecho sabría que cuando doña Gisela vio aquellos pies volteados lavados por las lágrimas, la ocultó en la casa y la hizo su hija, hasta que murió sonriendo al comprobar que su niñita había nacido con los pies.

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