jueves, 29 de diciembre de 2016

La Ciguapa por Juan Báez


Cuando terminó de hacer el mundo, Dios quedó muy agotado y decidió tomar el séptimo día para descansar. En los momentos de ocio, que para los humanos representan una cantidad impensable de años, optó por crear seres que le ayudaran a manejar los asuntos secundarios, que le sirvieran de asistentes y fue así que nacieron los arcángeles, ángeles, serafines y querubes.


Estos seres, en su organigrama burocrático, debían responder a un arcángel, Lucifer, también llamado Luzbel, cuyo asistente principal era Ariel. Permitió el Creador que los arcángeles aprendieran tanto que llegó el momento en que algunos se hicieron de la idea de que no necesitaban a nadie y pensaron en independizarse.

Así, cierto día, cuando estaba Lucifer fomentando ese pensamiento de independencia, se presentó ante él un serafín que se desempeñaba como mensajero interno, llevaba una nota con la orden de que debía presentarse al despacho del Señor de los Cielos.

Acudió al llamado con porte gallardo y seguro del poder con que soñaba. Su presencia provocó un inusitado movimiento entre los ángeles de la oficina, ya que no pocos lo veían como futuro amo. Con gestos de mando y sin anunciarse entró directamente al despacho celestial,  donde se le informó de la última acción divina: La creación del ser humano.

-He dejado para último la creación de un ser que se acerca bastante a la perfección, pues tiene el don de la palabra y del pensamiento. De toda mi obra es la más apreciada, la que representa mi forma de pensar. En la actualidad reside en un lugar llamado Edén o Paraíso  y todo le es facilitado para que no tenga problemas a la hora de procurarse su manutención, en ese lugar se multiplicarán. Espero ordenes a todos que le obedezcan y ayuden, no lo desamparen –Dijo Dios.

-No te obedeceré –contestó Luzbel -¿Quiere decir que después que hemos trabajado tanto para hacerte más liviana la vida, cuando ya no tienes que moverte para algunos asuntos, tenemos que obedecer a unos advenedizos? Porque según tú se multiplicarán y, de acuerdo a tu informe, en ese lugar lo tienen todo, por lo que no necesitarán realizar ningún esfuerzo para subsistir.
Después de estas palabras pensó él que la ocasión era favorable para tratar el tema de la separación, de sus deseos de actuar independientemente, gobernando su propio mundo y así lo hizo.

Tratando de ser tolerante y democrático llamó Dios a Consejo y advirtió que se había realizado una tenaz labor de zapa, que por estar de confiado le estaban minando su proyecto de vida y se sorprendió al notar que los rebeldes no eran pocos.

Debido a que el Señor del Universo les había tomado confianza y otorgado poderes para resolver asuntos secundarios, creían ellos podían dar vida y en la sesión dijeron que estaban dispuestos a demostrar de lo que eran capaces, que podían crear un muñeco de tierra y darle las mismas funciones y atributos que las del ser humano. Inmediatamente solicitaron se les permitiera hacer una pequeña demostración.

-Bien, si ustedes piensan que debo darles la oportunidad de regir el universo traten de crear algo –les dijo el Señor. Claro, Dios sabía de qué adolecían los insurrectos, porque no les había enseñado el último secreto y por tanto les permitió su demostración.

-Crearemos un ser humano y lo pondremos a trabajar. No será como esos haraganes que viven en el Paraíso Terrenal, esos que ahora quieres les sirvamos como si estuviéramos para convertirnos  en sirvientes de seres inferiores –alegó Ariel, un ángel, que además de ser asistente de Luzbel, se distinguía por su belleza.

Luego de pronunciar estas  palabras se dispusieron a realizar lo propuesto e inmediatamente tomaron un poco de tierra y…
-¡Un momento –tronó el Creador!- ¡Con mi tierra no, búsquense su propia materia prima! Les conmino, óiganlo bien, a que empiecen creando su propia tierra. ¿Así quieren demostrar que están listos para regir el universo? ¿Pretenden ser creadores usando el trabajo ajeno?

-Bueno, si quieres juzgar nuestro talento no está de más que nos prestes un poco de barro –dijo irónicamente Luzbel, quien además de ser cabecilla de los desafectos, era comandante en jefe del ejército rebelde en formación.

Sabía Dios que los seres que están fuera del contexto general, los oportunistas y depredadores, siempre tratan de escalar usando peldaños ajenos para, una vez que estén arriba, destronar a los propietarios de los mismos, que los oportunistas no se molestan en construir su propia escalera.

Finalmente y luego de una pequeña discusión de varios minutos celestiales, que, tal como hemos expresado, medidos en tiempo terrestre serán algo así como varios cientos de años, porque las cosas celestiales suelen tener unas medidas  que el razonamiento humano no puede comprender, Dios les permitió, bajo ciertas condiciones, usar su tierra.

-Sí, está bien, usen mi tierra, pero no ésta del barranco, que ya la tengo reservada para otras cuestiones, tomen aquella que está al lado del arroyo –les dijo.

Entonces usaron de la tierra del arroyo y crearon un ser viviente. En las filas de los desafectos hubo un gran murmullo de aprobación, pero, al no ser de la del barranco, que era la empleada por el Señor, sino la que contenía gran cantidad de arena, caliche y a veces barro, el ser creado salió chueco.


Fue así como nació algo que en vez de palabras emitía chillidos, que en lugar de vellos tenía el cuerpo cubierto de cabellos, de baja estatura, con los ojos rasgados y con los pies volteados, con los dedos hacia atrás y el talón para adelante. Este ser, al caminar, deja huellas que indican un rumbo contrario al que realmente lleva, ya que en lugar de ir hacia adelante, parece que va hacia atrás.

La obnubilación de los rebeldes era tal que no percibieron el fallo, se ensoberbecieron y fue necesario recurrir a la fuerza para apaciguarlos. De esto se encargó Miguel, el arcángel bueno, el que nadie notaba, que todo lo observaba, el militar silencioso y en el que verdaderamente había puesto Dios toda su confianza, para lograr el control necesitó la ayuda de Rafael. Debieron aplicar toda su argucia, poniendo a funcionar las más avanzadas estrategias militares que el Señor les había enseñado.

Finalmente, después de una lucha tenaz, los rebeldes resultaron vencidos y, cumpliendo sus deseos, los alzados fueron enviados a un lugar desde donde gobiernan su propio mundo. Allí el calor es insoportable, pues es donde se encuentra el fuego eterno.

Santo Domingo, octubre de 2009.
JUAN BÁEZ

viernes, 10 de julio de 2015

Las ciguapas de Juan Eduardo Almonte



Muchos sueños en pequeñas palabras.
En medio de las ansias
Respiras.
Haz puesto nuevo nombre a la fortuna.
Duende de los ríos y de los montes.
Caminas es compañía del viento.
Desnuda de espejos, de pensamientos,
De olvido. Tienes la edad de la vida misma.
Ciguapa en sueños de papel.
Llovizna en medio de la sed.
Camino para los viejos caminantes.
Huellas de sal para las miradas perdidas
En medio de la tormenta.
Y en todo, buscas entre el canto de cada amanecer
Un nuevo día.
Ciguapa en sueños de papel

©JUAN EDUARDO ALMONTE

http://cundeamordelvalle.blogspot.com/2009/06/ciguapa-en-suenos-de-papel.html

viernes, 3 de abril de 2015

Ciguapa. Envidia 14. Deviant Art

ciguapa by envidia14 on DeviantArt

Francisco Javier Angulo Guridi (1816-1884) autor de LA CIGUAPA

Javier Angulo Guridi 1816-1884


Periodista, narrador, poeta, dramaturgo. Nació en Santo Domingo el 3 de diciembre de 1816 y murió en San Pedro de Macorís, el 7 de diciembre de 1884. A los seis años emigró a Cuba con sus padres y allí permaneció tres décadas. Fue en La Habana donde comenzó a publicar sus primeros textos y a desarrollar su vocación periodística. Regresó a la
República Dominicana en 1853, dando inicio a una intensa actividad de colaboración con los principales periódicos de Santo Domingo. Es autor de Iguaniona, la primera obra dominicana que se inscribe en la corriente indigenista.


OBRAS PUBLICADAS:

Ensayos poéticos (1843), La fantasma de Higüey (1857, 1868, 1981)) Memoria leída ante el honorable Ayuntamiento de Santiago, sobre construcción de un camino de hierro de dicha ciudad a Puerto Plata. (1860), La campana del higo (1866), La ciguapa (1866), Silvio( 1866), Elementos de geografía físico-histórica antigua y moderna de la Isla de Santo Domingo (1866), La imprudencia de un marido (1869. Una situación poco envidiable (1869), El panorama (1872-73), Iguaniona  (1881). 

Inéditas: Cacharros y maniseros (sainete, estrenado en 1867), Los apuros de un destierro (1867)) El Conde de Leos (drama en verso, estrenado en 1868)) Don Junípero (1868), Últimos cantos (poesía).

LA CIGUAPA (fragmento)

De Santiago de los Caballeros, Provincia principal de nuestra República, a Puerto Plata, que es el marítimo más próximo, hay por el camino viejo o de Altamira, veinte leguas castellanas; mientras que por el nuevo o de Palo Quemado sólo hay ocho y media de extensión, que corren a terminar en dicho puerto.

Aunque a primera vista parece que el viajero debe preferir el último camino atendida la prontitud con que respectivamente rendiría la jor-nada, no sucede así; porque trazado a través de una sucesión inter-minable de montañas gigantescas y bordadas éstas por infinitos ríos caudalosísimos, de frecuentes avenidas, el caballo sufre mucho en el tránsito, por cuya razón es necesario no apurarlo y desperdiciar por lo tanto el beneficio de tiempo que se pudiera obtener respecto del otro camino en razón de la menor distancia.

Sin embargo, hay algo de sublime en los peligros: bajar al Niágara en sus más solemnes arrebatos; cruzar por un andarivel sobre un abismo sin fondo, húmedo, imponente por cuanto solitario y tenebroso; aspirar el aliento de un volcán en los mismos bordes de su cráter; escalar los Alpes, sorprender al cóndor en su guarida, y andar perdido entre un bosque sin fin en noche oscura, o sobre el mar azotado por el huracán; son, a la verdad, escenas grandiosas, magníficas, soberbias, escenas que deben arrebatar el espíritu, llenar el corazón de brío, elevar y conmover. Santo Domingo no se presta a estas emociones absolutamente; pero tiene algo de solemne en su naturaleza, en la elevación de sus montañas, núcleo del sistema antillano, en su aspecto primitivo que conserva como ningún otro punto de la América y en los bramidos son-oros de sus ríos.

Partidario, pues, de todo lo nuevo o sorprendente, y avezado ya al camino de Altamira tomé el de Palo Quemado el día cuatro de junio del año de mil ochocientos sesenta para llegar a Puerto Plata el cinco y seguir mi viaje a La Habana en el Pájaro del Océano. Cinco horas de ruta, a contar desde la del alba, fueron suficientes para rebajar la potencia de mi caballo a tal manera, que ya subía las altas cumbres dando sordos gemidos, y entraba en los ríos a viva fuerza seguro de que le aguardaba un nuevo escalamiento. Lastimado de su quebranto resolví hacer alto en las floridas márgenes del Bajabonico. Un joven gallardo, al parecer de oficio labrador, se me acercó y tomó a su cargo la diligencia de aflojar la montura a mi caballo. Tenía un aspecto doloroso que contrastaba poderosamente con la energía de su musculatura atlética, y derramaba dolor en cada una de las miradas de sus grandes ojos negros.

-¿Va usted a La Habana caballero? me preguntó con dulce acento.
—Ciertamente, —le respondí; —¿Pero quién le ha dicho a usted que voy a La Habana?
-Mi tío, Señor, que es quien le lleva su equipaje… ¿El irá por
Altamira?
—Sí.
—Me admira que lo haya dejado a usted venir solo por este camino. Un buen peón nunca debe separarse del viajero... 
—Sin embargo, no le culpe usted. Mi venida por aquí es obra del antojo; luego, como afortunadamente en nuestra patria no se conocen los peligros que en otros países…
-¿Qué dice usted?- exclamó a media voz, y sentándose junto a mí sobre la yerba.
-Digo, que no hay malhechores en toda esta parte española.
-¡Ah…! Es verdad, pero en cambio hay otra cosa peor… Sí señor: hay otra cosa que roba y mata sin quitarnos la vida o el dinero…
-No lo comprendo a usted, amigo mío.
-Sin embargo, he dicho la verdad y en un idioma que no es a usted desconocido.
-Pero… la proposición de usted es peregrina, ¿quién que roba y mata no invade la propiedad y la existencia?
-¡La Ciguapa! …y así diciendo miraba en derredor con ojos aterrados.
-¿La Ciguapa? …repuse sorprendido y reduciendo a su mitad la fuerza de mi acento. 

El joven se quedó un instante inmóvil, con el oído atento como quien percibe algún rumor lejano; luego sonrió, puso sobre sus breves orejas los copos de cabellos que el espanto había esparcido por su frente, pálida como un botón de lirio, y levantando con trabajo la bóveda de su pecho lanzó al aire un suspiro triste cuanto prolongado. Desde luego adiviné algo de maravilloso en la vida y en el dolor de aquel joven, (que bautizaré con un nombre de mi gusto para evitar confusión en el discurso de este relato, por ejemplo, le llamaré Jacinto, siquiera sea porque la primera letra es también la primera de mi nombre) y curioso hasta la impertinencia resolví provocarlo a la revelación, aún a precio de sus más amargos sufrimientos. Esta curiosidad, sin embargo, no carece de nobleza. Yo tengo la costumbre de identificarme con todos los dolores, y a veces con sacrificio de mi tranquilidad y mi deber…

—Vive en el mundo una señora que me contó la historia de su corazón, entre sollozos y entre lágrimas… Esto dio margen a una pasión desesperada por mi parte, pasión que brotó del árbol de la piedad, y que antes de florecer fue hollada por la misma que en sus diálogos pedía una limosna de amor… 

¡Qué difícil es conocer la verdad en ciertos labios! Jacinto, pues, vuelto de su sorpresa y recordando mi última frase dijo:

—La Ciguapa, caballero: la Ciguapa es la criatura que con un alma como nosotros alienta sólo por el exterminio de nosotros mismos… ¡Pero usted no conoce la Ciguapa!
—Ciertamente que no, amigo mío; y si no fuera el temor de afligirle, me atrevería a suplicarle me diese algunas noticias de ese ser que aún en recuerdo le intimida.
—Será usted complacido, señor, más para que comprenda bien el mágico poderío de la Ciguapa, será preciso que lo vea confirmado en la desgracia que lloro sin cesar en medio de estas anchas soledades.
-Acepto, le respondí. —El me tendió la mano y añadió:
-Yo soy, señor, hijo de buen padre; pero víctima en primer término de sus opiniones políticas. Creyó que tal o cual doctrina era conveniente a la felicidad de nuestra patria, la enunció sin atender a las consecuencias, y luego tuvo que buscar el reposo en el destierro; dejando mi existencia de doce años entregada a las depredaciones de la orfandad. No sé si vive; pero tampoco lo acuso, aunque pudiera decir que más amó una doctrina que una prenda de su corazón… A espaldas de esa montaña que besando viene el río, habita el viejo Andrés, jefe de una familia numerosa y el cual me recogió agradecido a los favores que le otorgó mi padre en otro tiempo. Entre sus hijas hubo una llamada Marcelina, que me tomó un cariño extremado, y a la que correspondía yo con el mismo afecto; llegando esta afición a tal altura, que nos era
imposible estar diez minutos separados. Así cuando iba yo a cortar leña, ella me acompañaba al monte sin hacer cuenta de sus labores; y cuando ella bajaba con el calabazo a buscar agua al río, yo la seguía, indiferente a las obligaciones que la hospitalidad me había impuesto. Marcelina contaba con quince años: era hermosa como un clavel, de ojos negros, breve boca, cintura delgada y gallardas formas; a todo esto se agregaba una sonrisa angelical siempre retozando en sus labios purpurinos como en testimonio de la inocencia y ternura de su alma. El viejo Andrés, conocedor del corazón humano, presintió el resultado de nuestra ostensible simpatía y una noche nos dijo:
—Hijos míos, la juventud es imprudente cuanto más impresionable,
y temeraria hasta la locura cuando teme alguna contrariedad en sus manifestaciones. Para prevenir estos males difíciles de contener una vez desarrollados, quiero participar a ustedes que sus almas, espejos en que me miro sin cesar, tienen grabadas recíprocamente sus propias imágenes, y que esta especie de mirismo marcha a una fusión que aplaudo y que bendigo. Así, pues, ni hay que padecer con la idea de una tiranía que siempre he condenado en las familias, ni menos que disfrazarse con un tupido manto de reservas.
Di las gracias al viejo Andrés en una mirada, por su generosidad, y en seguida la fijé en el rostro de Marcelina; mas, inocente como mujer ninguna lo fue, nada comprendió de lo que había dicho su padre y continuaba embebida en su costura. Aquella noche no me fue posible dormir: hablé conmigo mismo de amor, de felicidad: veía a Marcelina turbada en mi presencia, oyendo la explosión de mis tiernos arrebatos, y lloré de gozo como un niño.
Tres meses transcurrieron, en los cuales sin alterar la índole de mi trato con Marcelina, el amor había dilatado mi corazón y embellecido mi existencia.
Al cabo de ese tiempo salimos una mañana para tomar agua del río... Allí caballero… debajo de esa mata de cera… ¡Ay! Allí nos sentamos como de costumbre a trazar un cuadro de flores para el porvenir… ¿Por qué no permitió Dios que yo hubiera enmudecido? ¡Ella viviera todavía; y habríamos gozado, como antes, sin darnos cuenta de nuestra felicidad!
-Valor, Jacinto, le dije conmovido. Entonces enjugó una lágrima y prosiguió de esta manera:
—Sentados, pues, debajo de ese árbol vimos discurrir cerca de una hora; hasta que yo excitado como nunca por la adoración contemplativa de los encantos que poseía mi joven amiga, le tomé y estreché apasionadamente una de sus manos.
-¡Ay, Jacinto! —me dijo sorprendida: ¡Cómo abrasa tu mano! Dime, ¿estás malo?
-No, Marcelina mía, le respondí balbuceando.
-Pero… a lo menos sufres…
-¡Ah! Lejos de eso, gozo de la felicidad en toda su plenitud.
-¡Egoísta! Y pensabas ocultármelo!
-Calla Marcelina! ¡Ah! Mira que conviertes así en dolores mi alegría. ¿Cuándo te he ocultado cosa alguna? 
-Perdóname, Jacinto: los que queremos bien somos a veces injustos; pero nuestras injusticias no bajan jamás al corazón. Veamos, ¿me perdonas?
-¡Oh! Te perdono hoy con más razón y más deleite que te hubiera perdonado ayer.
-¿De veras?
-¡Es mi alma la que habla…! 
-¡Es mi alma la que escucha! Pero tu mano me quema… Has dicho también una cosa… Y me miras de una manera… ¡Por Dios, Jacinto… ¿Qué está pasando de extraño entre nosotros? Siento mi rostro inflamado, mi corazón se agita… Te miro, y me estremezco… ¡Jacinto, explícame todo esto que yo no me basto a comprenderlo…!
Arrebatado entonces caí de rodillas sin abandonar su mano, temeroso de que asustada hubiese huido como una paloma, buscando auxilio en la choza de su padre.
-Es, Marcelina, le dije casi llorando en mi arrebato, es que nuestras almas se pronuncian contra la timidez, y se revelan en el lenguaje de las sensaciones el mejor de sus capítulos… Es que no podemos seguir así, callando lo que sentimos y desflorando en su capullo el botón de la juventud… es en fin, que la soledad de estas montañas, los susurros de sus brisas y el dulcísimo lamento de este río nos han hecho volver nuestras miradas sobre nosotros mismos y preguntarnos: ¿Qué es lo que sentimos y queremos? Ah! No es cierto que tal es nuestra situación en este instante?
-Yo lo ignoro, Jacinto, -me respondió toda convulsa;- sólo comprendo que si me abandonaras ahora, moriría de dolor sobre esta arena; pero tú no lo harás… porque me quieres mucho.
-No lo haré porque sería suicidarme, y me importa vivir por tu alegría.
-¡Oh Jacinto! ¡Cuánto gozo escuchándote! Qué hermosa novedad encuentro en tus palabras, y con cuánta delicia descienden hasta mi corazón! Habla otra vez, y dime qué es lo que te inspira esas ideas originales y conmovedoras, que así me recrean y sorprenden. ¡Habla!
-¡Marcelina! Para explicártelo basta sólo una palabra...
-¿Una palabra?
-Una que vale por todas las que representan nuestro idioma…
-Y bien… ¡Pronúnciala!
-Sí, voy a pronunciarla… ¡Oh! Escúchame…
-Habla.
-Yo te amo, Marcelina!
-¡Es posible! exclamó con la inocencia de los ángeles: ¿y cómo es que adorándote yo no participo de tus propias inspiraciones?
El diluvio de besos que estampé en su mano incendiada por la pasión fue la respuesta que dio mi gratitud; mientras ella esmaltada por el rubor a consecuencia de su bellísima espontaneidad, cerró los ojos e inclinó la frente como un aguinaldo en cuyo cáliz proyecta el sol su rayo más fogoso.
Calmadas las emociones del momento nos dimos cuenta del pasado y hablamos del porvenir.
—Serás mi esposa -le dije- y nuestra choza el templo del amor.
-Sí- me repuso enajenada, y te amaré como te amo hoy; porque amarte más es imposible. Mira, Jacinto; aquí mismo, al pie de este árbol levantarás nuestra cabaña. Así tendremos siempre presente nuestros juramentos. ¡Oh! ¡Cuánta felicidad! Pero vamos a echarnos a los pies de papá y a revelarle nuestro amor…
-¡Un momento más, querida Marcelina! ¡Es tan hermoso estar ahora a tu lado sin testigos!
-Es que tengo miedo, Jacinto…
-¡Miedo! ¿Y de quién tienes miedo cuando yo velo por ti?
-No sé explicarlo… pero de verdad que tengo miedo…
-Tranquilízate, mi bien -repuse yo conmovido por su interesante timidez; Dios desde su trono ha escuchado nuestras protestas de amor, y seguramente las bendice. Además, yo estoy aquí para defenderte y… 

Dos agudos gritos estallaron a la vez. El uno seco, estridente, fatídico como el de la muerte, salió de la cresta de la montaña y restalló de roca en roca hasta perder su timbre entre los murmullos querellosos de estas aguas; el otro... ¡Ay! el otro triste, profundísimo, grito de dolor arrancado al alma que se adormecía descuidadamente en brazos de la felicidad, partió del seno de Marcelina articulando con trabajo estas palabras:
-¡Dios mío! ¡La Ciguapa!
Esto dicho se desmayó. Privado de todo auxilio en aquella dolorosa situación, ceñí a Marcelina por la cintura, la suspendí hasta mis hombros y me alejé de este lugar, llevándola como a un niño que se duerme en los momentos más supremos de una fiesta.
Ni la ternura de su padre, ni el solícito cuidado de sus hermanos, ni el amor afligido de mi alma, ¡ay! nada señor, pudo devolver a la suya la tranquilidad que había perdido… Desde que cayó en el lecho fue víctima de una enajenación horrible, de un sopor espantoso, sólo alterado por la convulsión y los sollozos; si abría sus labios, ya sin carmín y sin color, era sólo para pronunciar estas palabras:
—¡Oh Jacinto mío! íbamos a ser felices… pero …yo vi la Ciguapa! ¡Adiós Jacinto!
Enseguida escondía la hermosa frente en la almohada y volvía a desmayarse. Para concluir, caballero, porque el recuerdo me asesina: tres días después de este acontecimiento doloroso dimos sepultura debajo de ese árbol de cera al cadáver de mi adorable Marcelina…

Calló el mancebo enjugando como a hurtadillas una gruesa lágrima que surcaba su mejilla. Yo me levanté, viendo que era tiempo de seguir en dirección de Puerto Plata y tomé mi caballo que se había alejado un poco paciendo la fresca grama de las inmediaciones, pero antes de cabalgar, y visto que Jacinto había dominado la emoción, me atreví a preguntarle.
-Y bien, amigo mío: usted me ofreció explicarme qué cosa es la Ciguapa, y mi curiosidad ha subido de punto con lo que acabo de oír… ¿Querrá usted cumplirme su palabra? 

-Sin duda, caballero; pero recordando a usted previamente que como nacido y educado, aunque a medias, en la ciudad de Santiago, no participo de las ideas supersticiosas de estos candorosos campesinos. Se dice que desde antes del Descubrimiento de esta Isla existe una raza cuya residencia ha sido siempre el corazón de estas montañas; pero que se conserva en toda su pureza, durmiendo en las coronas de los cedros, y alimentándose de los peces de los ríos, de pájaros y frutas. La Ciguapa, que tal es el nombre con que se conoce, es una criatura que sólo levanta una vara de talla: sin que por tanto se crea que en sus proporciones hay la deformidad de los llamados enanos en Europa, y aún en otros puntos de la América. Lejos de eso, existe una exacta armonía en todos sus músculos y miembros, una belleza maravillosa en su rostro, y una agilidad en sus movimientos tan llenos de espontaneidad y de gracia que deja absorto al que la ve. Tiene la piel dorada del verdadero indio, los ojos negros y rasgados, el pelo suave, lustroso y abundante, rodando el de la hembra por sus bellísimas espaldas hasta la misma pantorrilla. La Ciguapa no tiene otro lenguaje que el aullido, y corre como una liebre por las sierras, o salta como un pájaro por las ramas de los árboles tan luego como descubre a otro ser distinto de su raza; porque es sumamente tímida e inofensiva al mismo tiempo. En general se le atribuye una sensibilidad sin ejemplo, y se añade que habiéndola capturado algunas veces por medio de trampas abiertas en los bosques, se le ha visto morir a pocas horas de dolor, anegada en su mismo llanto; pero sin exhalar una sola queja ni menos revelar indignación. Por último, caballero, la Ciguapa es en su naturaleza idéntica a nosotros; y en cuanto a las manifestaciones del amor infinitamente superior, porque raya en el delirio. Sus celos terminan con la muerte, y es en este sentimiento tan intolerante y egoísta, que el cuadro de dos seres que se aman y acarician le arranca gritos de desolación que sólo se apagan en el sepulcro. Pero no es esto lo más admirable, sino que cuando es hembra la Ciguapa que sorprende esos coloquios, muere a la misma hora que ella el joven enamorado, y cuando es varón muere la amante como murió mi pobre Marcelina… En todo lo que llevo dicho no se descubre otra cosa que el triunfo de una creencia torpe; pero admitida y consagrada, sobre todo por nuestros inocentes campesinos. Esta creencia, pues, es la causa verdadera de una desgracia que lloraré con el corazón mientras tenga fuerzas para soportar su peso.

Dijo Jacinto, y estrechándome la mano desapareció por el caracol trazado rústicamente al pie de la montaña. Entonces volví a tomar el camino, preocupado con la existencia y las derivaciones de tantos errores como prohíja todavía la sociedad, despreciando la voz de la civilización y los testimonios irrecusables del progreso

DOS SIGLOS DE LITERATURA DOMINICANA - PROSA de José Alcántara Almánzar

Francesca Woodman (Denver, Colorado, 3 de abril de 1958 - Nueva York, Estado de Nueva York, 19 de enero de 1981), fue una fotógrafa estadounidense, nacida en el seno de una familia de artistas.



No es una ciguapa, pero así luciría una melena cubriendo la desnudez.

La ciguapa, el pícaro y la dama

La ciguapa, el pícaro y la dama
Relatos y leyendas dominicanos

Andrés Blanco

Las once piezas literarias (entre relatos, fantasías indígenas, tradiciones, leyendas, cuentos fantásticos) que forman este volumen pertenecen a otros tantos de nuestros escritores más reconocidos del siglo XIX y la primera mitad del XX y construyen un panorama marcado por la diversidad de épocas, estilos y asuntos. El resultado es un material extremadamente rico, reflejo de la vida y las preocupaciones de aquellas décadas. Las firmas son: Javier Angulo Guridi, Alejandro Llenas, Federico Henríquez y Carvajal, Amelia Francasci, Temístocles A. Ravelo, César Nicolás Penson, José Ramón López, Fabio Fiallo,  Vigil Díaz, Tomás Hernández Franco y J.M. Sanz Lajara.

http://www.prisaediciones.com/do/autor/andres-blanco/

sábado, 25 de octubre de 2014

Los Abarimon - Humanoides con los Pies hacia Atrás



Una raza de humanoides incivilizados que habitaban en el Monte Himalaya. Los Abarimon eran nativos de un país con el mismo nombre, criaturas que se caracterizaban por tener los pies hacia atrás. A pesar de esta desventaja, los Abarimon eran capaces de moverse más rápido que los otros corredores.  También tenían una gran afinidad con la vida silvestre.

Hombre y Naturaleza

Los Abarimon vivían junto a los animales de la región y por su salvajismo no se podían capturar. Existen leyendas que los pies invertidos de esta raza se debían a unas sandalias que usaban, y por esta razón podían correr a grandes velocidades. El país de los Abarimon se encontraba en el gran valle del Monte Imaus, un lugar donde el aire estaba encantado y por ello si una persona lo respiraba por mucho tiempo le sería imposible respirar otro tipo de aire.

Esta raza ficticia no podía abandonar el valle con vida, este efecto también protegía la ubicación exacta del valle. El sabio Plinio describió a esta gente por primera vez en su libro Historia Natural (VII), de acuerdo a Plinio, eran muy parecidos a los humanos físicamente, pero tenían los pies para atrás.

Tiempo después, una historia similar fue relatada por Aulus Gellius en el texto “Attic Nights”.
El Relato de Plinio

Dentro de su relato, el sabio describe a la raza de los Nuli, también conocida como los Abarimon. El viajero y erudito Megástenes describió la montaña Nulus, ahora conocida como el Monte Himalaya, su texto hablaba de una raza de humanos que tienen los pies invertidos desde los tobillos.

Las tácticas de los Abarimon servían para confundir a sus perseguidores debido a que sus huellas eran inversas y la máscara que usan atrás de sus cabezas daba la impresión que los Abarimon se estaban acercando. Los pies de esta antigua raza eran inusualmente grandes y tenían ocho dedos cada uno.

Megástenes filosofaba al respecto del poder que los Abarimon poseen, debido a que son una raza inteligente tienen poder sobre algo, de igual forma que el humano. Aunque sus estudios no llegaron a una conclusión sobre este tema, el erudito murió con la duda.



Ciguapa

La Ciguapa es un demonio femenino perteneciente a la mitología de la República Dominicana, este críptido comparte con el Abarimon la cualidad de tener los pies mirando hacia atrás.

Su aspecto es el de una bella mujer de piel muy oscura, en algunas versiones con un tono azulado, ojos negros muy profundos y que se desplaza por el bosque sin ninguna ropa, tan solo cubriendo su cuerpo con una larguísimo melena de color negro.

Es muy dificil capturarla porque al andar con los pies invertidos deja huellas falsas cuando se la trata de perseguir. Son muy veloces y conocen mil escondites y cuevas en las que pueden ocultarse para evitar ser capturadas. En las contadas ocasiones en las que según la leyenda las ciguapas han sido capturadas han acabado muriendo de pena al sentirse encerradas.

Estos demonios atraen a los hombres hasta la profundidad del bosque o al interior de sus cuevas, de donde nunca podrán salir. Se cree que acaban con sus víctimas ahogándolas en corrientes subterráneas. Además se atribuye a las ciguapas el robo de niños y bebes.

Las ciguapas son mudas e incapaces de hablar, pero eso no las impide atraer a sus víctimas. Además de su belleza, la ciguapa es capaz de emitir un aullido similar al canto de las perdices para atraer a los incautos que se atrevan a seguirlas hasta sus cuevas.

Según otras versiones pueden imitar el llanto humano. Ambas descripciones recuerdan a las sirenas, que usan sus artes de conquista para acabar con los marinos. Es por esto que también son conocidas con el sobrenombre de las sirenas de las montañas

Con la ayuda de un perro blanco, las Ciguapas pueden ser atrapadas en las noches de luna llena, aunque es tal su pena por su cautividad, que acaban muriendo.

El mito también se ha extendido aunque en menor medida a El Salvador, donde se piensa que son los espíritus de personas que escaparon a la montaña y acabaron perdiendo la vida.

En algunas regiones también se habla de Ciguapas masculinas, aunque en la tradición dominicana casi siempre se presentan como pequeñas mujeres de piel oscura que corretean desnudas por el bosque.

Pies invertidos en la Realidad



Como casi todas las leyendas los humanoides con pies invertidos tienen un punto de realidad. Existen deformaciones congénitas que pueden provocar que una persona nazca con los pies hacia atrás. Como es el caso de Wang Fang, una camarera de origen chino que nació con esta anomalía en los pies.

Al principio se pensaba que esto le impediría andar, pero Wang no solo ha demostrado que puede andar y trabajar como camarera sin ningún impedimento. Si no que además asegura que incluso corre más rápido que la mayoría de personas que conoce.

Hace un tiempo Wang Fang se hizo famosa al rechazar una pensión por su minusvalía. Según sus palabras ella no era ninguna minusválida, podía trabajar igual que cualquier otro en el negocio familiar, un pequeño restaurante. Y su peculiaridad no la convertía en inútil o inválida para necesitar recibir una pensión.

Es posible que en la antigüedad se diera algún caso similar al de Wang, que pudiera haber desencadenado las leyendas que relataba Plinio. Y es que en sus relatos los abarimon eran humanos normales con una única peculiaridad, tener los pies hacia atrás. El caso de la camarera china demuestra que incluso sus conjeturas de que podían correr tan rápido o mas que un humano normal no eran descabelladas.



Autor: Arturo Varas
http://www.escalofrio.com/n/Criptozoologia/Humanoides_con_Pies_hacia_Atras/Humanoides_con_Pies_hacia_Atras.php

jueves, 29 de mayo de 2014

La ciguapa por Santiago Bonilla

Pintor dominicano, expuso en Museo de las Casas Reales.


Había una vez, una ciguapa muy bella. Era un animal hermoso. Tenía el pelo negro como la noche. Se paseaba por el bosque entre ramas y ramas. Recogía flores en una canasta hecha de guano.

La ciguapa, llevando en sus manos una canasta grande, le pidió a una mata de jagua que le dejara caer varias frutas, y la mata se la negó.

—¡Voy a cortar una rama! —Se dijo la ciguapa muy enojada.

—¿Tun tún! ¡Tuntún! ¡Jau! ¡Jau!

—¡Oh! ¡Se volvió un perro! ¡Me ladra! ¡Te dejaré! ¡Te dejaré! —Le contestó la ciguapa. Salió corriendo. Y al llegar al manantial, al lado de una piedra, alimó su machete.

—¡Miao! ¡Miao! —Gritaba la piedra.

—¡Oh! ¡Se volvió un gato! —Decía la ciguapa de forma muy sorprendida.

—¡Cua! ¡Cua!

—¡Cua! ¡Cua! —Cantaban las ranas frente a la ciguapa.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —Preguntó la ciguapa.

—¡Nosotras somos las hijas de la naturaleza!

—¿Por qué ustedes me siguen?

—¡No te contestaremos esa pregunta!

—¿Por qué? —Preguntó en tono alto la ciguapa.

—¿Entonces, quién me contestará?

—¡La naturaleza! —contestaron las ranas.

La ciguapa le siguió los pasos a las ranas que saltaban de piedras en piedras, hasta que llegaron a la montaña. La ciguapa se sentó sobre una lama verde que cubrían las piedras:

—¿Quién es la naturaleza? —Preguntó la ciguapa.

—¡Todo! ¡Todos! —Contestaron las ranas en un coro de fino tono.

—¡Cómo que todo! —Dijo la ciguapa en alto tonar.

—La naturaleza es vida. —Contestaba una rana.

—La naturaleza es salud. —Contestaba la otra rana desde lo alto de una piedra.

—¡La naturaleza es: los árboles, las yerbas, las flores, las lluvias, y las piedras donde dormimos! —Contestaba una rana.

—¡El viento! —Dijo otra rana.

—¡Uuu! ¡Uuu! —Cantaba y bailaba el viento tumbando los nidos de las ciguas palmeras.

—¡Chuichui! ¡Chuichui! —Cantaban las garzas.

—¡Maaa! ¡Maaa! —Gemía la vaca.

—¡Cococoleco! ¡Cococoleco! —Cantaba la gallina.

—¡Kikirikí! ¡Kikirikí! —Cantaba el gallo.

—¿Ciguapa? —Le llamaba una rana.

—Esa es la naturaleza: es amor, alimentos y salud. ¡Cuidémosla! —Dijo la otra rana.

Tanto las ranas, las ciguas de diferentes especies; las gallinas, los gallos, garzas y las vacas estaban todas reunidas. La ciguapa observaba muy sonriente, a todos los animales. Y al mirar hacia la entrada principal, oyó una voz:

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —Le llamaba una persona con una voz pausada.

—¡Ciguapa! ¡Soy el presidente! ¡Te voy a nombrar la reyna del bosque para que multipliques a cien millones, cada animal, según su especie!

—¡Está bien! ¡Acepto el reto!

La ciguapa se montó en un burro o asno; miró hacia las entradas de los ríos; a localizar las tierras fértiles, para las semillas y a reunir yaguas para construir bohíos; reía de alegría y la naturaleza florecía en belleza.

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —Le llamaba la Cotorra Bandera.

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —Soy el ave de los colores patrios!

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —¡Reyna! ¡Reyna de nuestra naturaleza! —Le llamaron todos los animales…

 FIN

Santiago A. Bonilla Meléndez (Santiago Bonilla), nació el 17 de julio del año 1961, en el Paraje Arroyo Bellaco de la Sección Bocas de Licey del Municipio de Tamboril de la Provincia de Santiago, República Dominicana; hijo mayor de Herminio de Jesús Bonilla Santos y de Cecilia de Jesús Meléndez Sánchez.
Es Lic. En Letras y Abogado.
El cuento aparece en su libro CUENTOS PARA NIÑOS(AS), 1999.


Leibi NG


lunes, 31 de marzo de 2014

La ciguapa encantada por la luna de Avelino Stanley

La ciguapa Ao Iguani ("Ao es abundancia. Iguani quiere decir esbelta como una iguana de oro") recibe una encomienda de La Luna: dirigirse hacia el Oeste porque tiene que hallar el Árbol de la Paz, repartir sus frutos entre los niños del mundo y eliminar las guerras. Pero su propia desaparición casi provoca un terrible conflicto entre dos tribus. Bofri, (nombre taíno que quiere decir filósofo, "tal vez poeta, o dueño del pensamiento") sale a buscarla como si su propia vida dependiera de ello y en el camino se encuentra con Rafael Emilio, quien le presta ropas, Héctor Luis, Carlos, María Elena y Rafael Emilio. Entre todos van a lograr un desenlace prometedor. 150 páginas de entretenimiento en una historia bien hilvanada y muy interesante.