lunes, 5 de octubre de 2026

TAMARINDO, CRISTOS Y CIGUAPAS: UNA LECTURA DE LA HOSTOS 40 Y OTROS RELATOS, DE JULIO CÉSAR CASTAÑOS GUZMÁN

 


Por Vianibel Valerio

LA MEMORIA TIENE CAMINOS QUE NADIE ALCANZA A TRAZAR POR
COMPLETO. A veces se abre paso por una conversación que creíamos olvidada; vuelve
prendida de un gesto, de una voz o de una experiencia cuyo valor tardamos años en
comprender. Quizás por eso he sentido tantas veces el deseo de escribir acerca de los
sucesos sencillos de mi vida: para resguardarlos del olvido, para darles otra morada. Hay
recuerdos que se desvanecen sin despedirse y otros que siguen golpeando por dentro,
tercos y luminosos, porque dejaron en nosotros una huella que el tiempo no logró borrar.
Con esa inquietud entré en La Hostos 40 y otros relatos, de Julio César Castaños
Guzmán. Apenas recorrí sus títulos, me pregunté qué secreto podía enlazar una pelota con
una ciguapa, un tamarindo con una elefanta, una toga con los viejos estremecimientos de
la historia. Parecían piezas dispersas, pequeñas islas levantadas sobre aguas distintas.
Pero la lectura fue acercando sus orillas hasta revelarme un mismo cauce: cada relato nace
de algo que tocó la vida del autor y quedó latiendo en su conciencia.
Los cuarenta textos del libro avanzan por territorios diversos. Unos cuentan historias
de conflictos precisos; otros rescatan vivencias personales o se detienen ante preguntas
políticas, morales y religiosas. Con frecuencia, un narrador autodiegético vuelve a la
infancia mediante la analepsis y contempla, desde la madurez, escenas que el niño miró
sin comprender enteramente. Los años les han dado espesor y la escritura les ofrece una
nueva luz. Por esas páginas caminan también árboles, animales, casas y criaturas
legendarias que abandonan su aparente silencio para hablar de las pasiones, pérdidas y
esperanzas humanas.
Ahí reside una de las fuerzas creativas de Castaños Guzmán: en su manera de tocar lo
cotidiano hasta descubrirle un rostro secreto. El autor toma elementos cercanos de la
cultura dominicana y los conduce hacia la imaginación, sin arrancarlos de la tierra que les
dio origen. La realidad entra en sus relatos con polvo, sombra y memoria, y regresa
convertida en símbolo. Desde esa mirada pueden recorrerse los vínculos que la obra
tiende entre la familia, la sociedad, la política, la fe y ese persistente deseo de salvar lo
vivido.
Una de esas vías se abre en «La ciguapa». Todo comienza con la búsqueda de una
botija en el terreno de un antiguo aserradero de San José de las Matas. El narrador
acompaña a su tío Adalberto Hidalgo y lleva una aguja de marear, una cruz de piñón
criollo, un retrato de san Miguel Arcángel, agua bendita, un limón partido en cruz y tres
velas. Cada objeto arrastra una creencia antigua y prepara el ánimo para lo desconocido.
Entonces, detrás de un tocón, aparece una mujer desnuda bajo el resplandor de la luna.
En el pelo negrísimo se le enredan las estrellas y de su cuerpo sube un olor a madreselva.
Es hermosa, pero su belleza está herida: la criatura llora y deja caer unos versos llenos de
tristeza:
«De infinitas noches está marcada mi tristeza infinita…» (p. 25).25
La ciguapa representa el misterio de la leyenda dominicana, aunque más allá de la
mera imagen de la mujer de pies invertidos que seduce o extravía a los hombres. Castaños
Guzmán le entrega conciencia, dolor y sobre todo palabra. Es una criatura desalojada por
la destrucción de su propio hogar. Cuando confiesa ser la última de las ciguapas, el
narrador intenta reducirla al territorio del mito. Sin embargo, ella le devuelve la
advertencia de que pronto el bosque dominicano podría desaparecer y también pertenecer
a narraciones ficticias como ella. El viejo aserradero se convierte así en escenario y testigo
de la pérdida. El narrador buscaba una botija, una riqueza enterrada bajo la tierra, y
encuentra en cambio tocones, aserrín y silencio. Mientras los hombres persiguen el brillo
secreto de un tesoro, la verdadera fortuna desaparece delante de sus ojos.
Ante un mundo que se apaga, la ciguapa decide convocarlo por última vez y amarlo
antes de perderlo:
«Esta noche he decidido evocarlo todo, amarlo todo; acaso no vuelva a
verlo, y estos sean mis últimos versos» (p. 26).
Estos versos son de despedida. En ellos vuelven a vivir, aunque sea por un instante,
los charcos, las amapolas, los caños, las aves y los árboles. La última ciguapa habla por
una naturaleza que se queda sin refugio y sin voz. Al final, el tío sentencia que el
aserradero «acabó con todo», mientras la criatura se pierde a saltos entre la vegetación.
Los hombres han expulsado del monte sus árboles y también sus misterios.
La ciguapa reaparece en el relato «La ciguapita que alcanzó la gracia del mar», pero
abandona la espesura de San José de las Matas y baja hacia las costas de Barahona. Allí,
una sirena canta con una tristeza tan honda que su voz sube desde el agua, atraviesa la
floresta y alcanza a una pequeña ciguapa. La mueve el dolor ajeno. Baja por senderos
desconocidos, lleva sus pies invertidos hasta una arena que nunca habían tocado y se
acerca a la orilla. Del mar emerge una sirena hermosa, prisionera de la imagen que los
hombres inventaron para ella:
«Lloro por mí misma, condenada fatal de ser siempre una ilusión» (p. 30).
La sirena quisiera habitar el cuerpo de una mujer común. Siente que la cola la aparta
del amor y que sus cantos la condenan a desviar a los hombres. La ciguapita también sabe
que es diferente. Sus pies apuntan hacia atrás, pero nunca los ha visto como una carga. Se
acepta tal como es y, con tranquilidad, le responde:
«No me pesan estos pies, que no son otros que los únicos que he tenido, como
no deberías avergonzarte por ser sirena» (p. 30).
En ese diálogo se encuentra el corazón del relato. La sirena mira su diferencia como
una desgracia; la ciguapita la lleva con naturalidad y no necesita otro cuerpo para sentirse
libre. Ella sabe que la dicha comienza cuando dejamos de mirarnos con ojos prestados.
Las palabras de la ciguapita abren una claridad en la sirena. La mujer marina levanta un
lambí, lo hace sonar y regresa a las aguas cantando con alegría. Nada ha cambiado en su
cuerpo y, sin embargo, todo es distinto, porque ahora se contempla sin vergüenza. La
ciguapita recibe las caricias del mar y descubre que sus pies están derechos y firmes. Aquí 26
se evidencia una delicada ironía. La criatura que nunca rechazó sus pies los ve
transformarse; la que soñaba con otro cuerpo conserva el suyo y aprende a quererlo.
Los dos relatos renuevan el mito sin desprenderlo de sus raíces. Castaños Guzmán
concede a sus ciguapas pensamiento, sensibilidad y voz. Una custodia el bosque que
agoniza; la otra lleva hasta el mar una enseñanza sobre la identidad. También los paisajes
participan de esa creación: San José de las Matas huele a monte, botija y aserradero;
Barahona suena a olas, lambíes y cantos de sirena, entre manatíes, careyes y lomas. La
fantasía brota de la geografía dominicana.
Ese diálogo con la naturaleza continúa en «La herencia del tamarindo», aunque
ahora el árbol hunde sus raíces en la memoria familiar. Bajo su sombra se conversaba, se
estudiaba y se escuchaban las historias y los consejos del padre. Día tras día, el tamarindo
fue entrando en la vida de todos hasta volverse una presencia de la casa y una manera de
sentirse unidos. Solo con los años comprende el narrador cuánto guardaban aquellas
ramas. El árbol daba frutos, pero también sostenía recuerdos:
«Cuando él se deshojaba, nos deshojábamos con él;
si florecía, renacíamos con él» (p. 71).
¿Cuándo deja un árbol de ser solamente un árbol? Acaso cuando las voces de una
familia quedan prendidas de sus ramas y su sombra se mezcla con los aprendizajes de la
vida. El tamarindo había entrado tan hondo en la historia familiar que derribarlo era tocar
una parte de todos. Sin embargo, cae para abrir espacio a una oficina de abogados. El
progreso levanta sus paredes donde antes se levantaba la conversación. Algo se gana, pero
la claridad nueva llega acompañada de una ausencia que el narrador nombra así:
«Y embriagados por la claridad de un tamarindo derribado que se llevó su sombra,
deshizo el manto y nos dejó evocando sus frutas» (p. 71).
La luz que entra después del corte ilumina el patio y, al mismo tiempo, hace visible el
vacío. Ya no está la sombra protectora, pero el árbol se niega a desaparecer por completo.
Vive en la conciencia de la familia y vuelve a echar raíces en la escritura. Recordarlo es
sembrarlo de nuevo; es devolverle, palabra por palabra, el lugar que perdió en la tierra.
De la sombra familiar, la obra pasa a la intemperie de las vidas olvidadas. Allí aparece
otro relato, «Marta», la niñera que cuidó con ternura a Abelardo y que luego creyó en la
promesa de matrimonio de Antonio, un guardia. Él es trasladado y desaparece cuando ella
queda embarazada. Después del nacimiento de su hijo, Marta pierde el empleo y debe
separarse también del niño que había criado. Desde entonces, su vida avanza de abandono
en abandono. La luna, las amapolas y el color rojo acompañan su caída: primero anuncian
el amor; después, el rojo se vuelve sangre y la amapola, imagen de una belleza frágil.
Años más tarde, Marta llega a un hospital con una hemorragia grave. El médico que
intenta salvarla es Abelardo, ya adulto:
«Se murió Marta aquella noche. Y advirtió Abelardo que inútilmente
serena, se quedó esperando su nana la vida, como una amapola en pena»
(p. 43).27
Ese encuentro tardío le devuelve el nombre que la vida parecía haberle arrebatado.
Para los demás es una paciente más; para Abelardo continúa siendo Marta, la mujer que
lo cuidó en la infancia. La narración reúne los fragmentos de una existencia rota por
decisiones ajenas y los sostiene ante el lector. Al nombrarla, le devuelve la dignidad que
el abandono quiso quitarle.
En «Mami», ese abandono toma el cuerpo enorme y vulnerable de una elefanta.
Durante décadas vivió en el antiguo zoológico de Santo Domingo y entró en la memoria
de muchas familias. El narrador recuerda el día en que levantó con suavidad a su hermana
Grace por el cabello: una fuerza inmensa expresada mediante una caricia. Cuando los
demás animales son trasladados, Mami queda sola, expuesta al descuido y a la crueldad
de algunos visitantes. Su encierro atraviesa la dictadura de Trujillo, la Revolución de
Abril y los cambios posteriores. Los gobiernos pasan con sus promesas y sus ruidos; ella
continùa envejeciendo detrás de los barrotes padeciendo indirectamente los cansancios
de la historia nacional. Cuando llega la hora de llevarla al nuevo zoológico, la ciudad
descubre cuánto la había querido. Los niños acuden con trompas hechas de pedazos de
manguera y los adultos lloran. Mami no habitaba únicamente aquel recinto: vivía en la
infancia de varias generaciones. A Marta la reconocen cuando ya la muerte ha cerrado
sus caminos; a la elefanta, en cambio, el cariño colectivo llega a tiempo y le concede otra
oportunidad.
La memoria íntima se abre después a la historia del país en «La Hostos 40». La casa
familiar vuelve a levantarse mediante habitaciones, patios, goteras y sonidos. Allí
transcurre la vida diaria, pero también llegan los primeros temblores de la conciencia
política. Tras la muerte de Trujillo, el niño observa desde una ventana las manifestaciones
que reclaman la salida de la familia del dictador. Muchos años después, al evocar la
mudanza, comprende cuánto de ellos quedó respirando entre aquellas paredes:
«A mediados de 1962 nos mudamos a Gazcue, pero mucho de nosotros se
quedó en aquel caserón donde nos llegó la conciencia y conocimos la
muerte. Donde vimos nacer la democracia por una ventana» (p. 59).
La ventana es frontera y puente: separa la intimidad de la casa del hervor de la calle,
pero permite que ambas realidades se miren. Por ella, la democracia entra en los ojos de
un niño antes de entrar plenamente en la vida del país. La historia abandona por un
momento los discursos y las fechas para hacerse rumor doméstico. Hasta el fantasma que
aparece en el relato trae consigo una vieja advertencia política: alguien celebra que se
acabaron los tiburones y otra voz anuncia que vendrán nuevos. Cambian los nombres del
poder, pero algunas hambres continúan nadando bajo las mismas aguas.
Esa intranquilidad política se oscurece en «Esperanzas muertas». Un maestro viudo
llega a Montecristi después de ser trasladado durante la dictadura. Junto con los muebles,
debe colocar la placa que nombra a Trujillo jefe de la casa y el retrato de la madre del
dictador. El régimen ya no se conforma con gobernar las calles: entra al hogar y ocupa
sus paredes. El maestro cede porque necesita sostener a sus hijos, aunque dentro de él
luchan el padre responsable y el hombre que siente haber traicionado sus principios. Al
final, uno de los niños encuentra varios insectos verdes muertos bajo un poste y pregunta
qué son. «¡Cuántas esperanzas muertas!», responde el padre. El nombre de las criaturas
y el dolor del hombre se vuelven una sola cosa. La dictadura también mató de ese modo:
apagando lentamente las convicciones.28
El desgaste de los ideales continúa en «Después de abril». El narrador recuerda a los
jóvenes con quienes discutía de política tras la Revolución de 1965. Entonces creían que
el país podía transformarse y que el porvenir estaba al alcance de sus manos. Los años,
sin embargo, dispersaron al grupo: algunos se hicieron empresarios o profesionales; otros
emigraron o abandonaron sus antiguas ideas. Al traerlos a su memoria, el narrador busca
también al joven que fue. Quiere saber qué quedó de aquella generación y descubre que
el tiempo puede erosionar una esperanza sin ruido, con una paciencia tan dolorosa como
la del miedo.
En «Las anacahuitas del jardín», la política entra en el reino de la alegoría. Dos árboles
enormes dominan el terreno, reparten la sombra y reducen la luz que reciben las demás
plantas. Las aves cambian de rama según la protección o el beneficio del momento. La
dedicatoria a Juan Bosch y Joaquín Balaguer deja ver detrás de las anacahuitas dos
liderazgos prolongados de la vida dominicana.
El jardín es un país reducido a raíces, ramas y disputas por el sol. Algunos han crecido
tanto que apenas dejan espacio a los otros. En medio de esa vegetación aparece el bonsái:
está vivo, pero unas manos lo han obligado a mantenerse pequeño. Su figura simboliza la
imagen de una democracia recortada por quienes sostienen las tijeras.
Ante ese jardín dominado, tenemos también el relato «Mi gabinete verde» que imagina
otra relación con el poder. El narrador forma un gobierno de plantas y distribuye los
cargos según las virtudes de cada una. El plátano cuida la alimentación; la palma real, la
justicia; el tamarindo, la conciliación.
«Entonces me fue revelado que gobernar es respetar, y ordené que salváramos al monte
de su desaparición oprobiosa por la codicia de los hombres» (p. 95).
Gobernar aquí tiene el significado de un acto de cuidado. El monte se revela como una
comunidad viva, merecedora de respeto. La imaginación vegetal propone aquello que la
política humana olvida con demasiada facilidad.
Luego de atravesar la familia, el abandono y la historia, la escritura entra en los
espacios de la fe. En «El Cristo de los Estrados», un crucifijo contempla la sala de
audiencias donde se escuchan testimonios, se hacen juramentos y se dictan sentencias.
Bajo su mirada se decide la libertad de muchas personas. Su presencia trae a la memoria
que Cristo también estuvo frente a un tribunal y recibió una condena injusta. Por eso, su
presencia despierta una pregunta sobre la responsabilidad de quienes deciden el destino
de otras personas.
«El Cristo de los Estrados es el Jesús del Corazón» (p. 108).
El valor creativo del cuento se encuentra en convertir un crucifijo, un objeto habitual
en los tribunales, en un testigo silencioso de la justicia humana. A través de su figura, el
autor une el juicio de Cristo con los procesos judiciales del presente. Detrás de cada
expediente existe una persona con una historia, una familia, temores y esperanzas. Quien
juzga necesita conocer las leyes y, al mismo tiempo, comprender el peso humano de sus
decisiones. Una mentira, un gesto de indiferencia o una sentencia tomada con frialdad
pueden cambiar una vida para siempre. El relato deja una reflexión importante: la
verdadera justicia surge cuando la ley y la compasión caminan juntas.29
Esa manera de mirar continúa en «Los espejuelos de Dios». Después de soñar con
Cristo, el narrador encuentra una receta que le pide cambiar sus lentes. La indicación
alcanza un sentido más profundo, pues también debe transformar la forma en que se
observa a los demás. Este detalle cotidiano se transforma en una enseñanza sobre la
manera de mirar a los demás. Cambiar los lentes usando el lenguaje figurado, significa
dejar atrás los prejuicios y aprender a ver con empatía. El relato invita a mirar más allá
de las apariencias para reconocer los sentimientos y las necesidades de cada persona.
En «Los carpinteros de fuego», la naturaleza y la espiritualidad vuelven a encontrarse.
José y Jesús descubren un nido y deciden proteger la vida de las aves. Años después,
durante la crucifixión, los pájaros se acercan para ayudar a Cristo y la sangre marca de
rojo sus cabezas. Aquel gesto de misericordia regresa transformado en gratitud durante la
hora del sufrimiento. Las aves se acercan y acompañan a Jesús, como una respuesta al
cuidado que recibieron tiempo atrás.
La escena presenta la bondad como una semilla que está en la memoria de quien la
recibe. El cuidado ofrecido tiempo atrás vuelve convertido en gratitud justo cuando Jesús
atraviesa su mayor sufrimiento. Las aves, incapaces de cambiar su destino, le entregan
aquello que está a su alcance: su cercanía y su compañía. En ese acto se encuentra una
verdad profundamente humana, pues muchas veces el amor se manifiesta en la presencia
de quien permanece a nuestro lado durante los momentos más difíciles.
El valor creativo del relato surge de la manera en que el autor imagina el origen del
color rojo de estas aves y lo relaciona con la crucifixión. Esa marca se convierte en
memoria visible de la compasión compartida entre Cristo y la naturaleza.
Al terminar este recorrido, queda la impresión de que la creatividad de Castaños
Guzmán nace de tres fuentes que fluyen juntas: la memoria, el imaginario dominicano y
esa sensibilidad que le permite descubrir lo extraordinario en las cosas de cada día. Una
vivencia familiar, una leyenda, un animal o un hecho histórico le bastan para comenzar a
contar. En cada uno encuentra una verdad humana que el tiempo había cubierto de
silencio. Su mundo narrativo huele a madreselva y suena a marullos; conserva la sombra
del tamarindo y el polvo del aserradero. En sus páginas aparecen las montañas de San
José de las Matas, el mar de Barahona, la casa de la calle Hostos, el antiguo zoológico y
los tribunales donde la justicia busca la voz del corazón. Aunque cada relato sigue su
propio camino, todos nacen de una misma mirada: la del escritor que recoge lo vivido y
lo transforma por medio de la imaginación.
Guzmán entra en sus recuerdos, recoge las voces que el tiempo fue dispersando y les
ofrece una nueva vida a través de la imaginación. Esa es la fuerza creadora de su escritura:
salvar del olvido aquello que alguna vez tuvo un lugar en la vida. Gracias a esa ceremonia
de la palabra, el tamarindo derribado vuelve a ofrecer su sombra, Marta recupera su
nombre, Mami sigue caminando por la memoria del país y las ciguapas se internan otra
vez en el monte. Allí continúan, entre árboles, ríos y leyendas, cuidando los últimos
misterios de una tierra que todavía tiene muchas historias por contar.

No hay comentarios: