CUENTO DE OSCAR HOLGUÍN-VERAS



Esa noche, cuando ella tomó la decisión era luna llena; la penumbra daba paso a la claridad con agilidad de potrillo. Los jobos que estaban delante de los manglares con la luz derramada se bañaban de miel, los indígenas que habitaban la cercanía se aproximaban comiendo sus dulces frutos.



Este ritual se repetía cada estío, y cada vez era mayor la afluencia a esta zona que orillaba el mar, luego cánticos y ritos que les fatigaban para finalmente caer adormecidos con el arrullo de las olas. A una señal de Aumatex el sonido del Mayohavau  indicó  el final de la ceremonia. Todos fatigados, se  retiraron  a descansar, sobre las arenas unos y en hamacas otros.
Itiba desde lo alto observaba el ceremonial, no era la primera vez que sus ojos negros y almendrados, veían el cacique Aumatex.  Desde el primer instante tuvo un interés especial propio de una Diosa que observa una creación humana; luego comenzó a sentir la necesidad de verle con frecuencia. Fue una tarde de lluvia cuando Itiba ser percató que ella, diosa inmortal, hija del Dios supremo  Maorocotí estaba enamorada de Aumatex, joven cacique de Samaná, confinado por Cotuba su hermano mayor quien se había quedado con todas las tierras del cacicazgo a la muerte de la reina Higuanama madre de ambos.
Desde entonces Aumatex tuvo como fronteras el mar y las montañas; y entre estas, una porción de tierra que aun siendo pequeña había sido bendecida por la naturaleza. Desde arriba Itiba contemplaba a su amor que rendido descansaba en una hamaca. El padre que notaba la insistencia de su hija en ese pequeño cacicazgo, dirigió su mirada hacia allá y vio que su cacique era manso suave y grácil como un ciervo.
-Mi hija pasa todo el día cabizbaja- se dijo para si Maorocotí. Luego, le observó:
-No olvides tu origen divino, no lo olvides, pues tu mundo es el Tu rey y no la tierra.- Terminó diciendo con voz de trueno el dios supremo.
Pero era tarde, el corazón de la diosa era cautivo de un mortal, como lo son los colores de la naturaleza. Su decisión estaba tomada, esa noche llegó cerca, muy cerca de Aumatex, tanto que podía tocarle con sus dedos, sentir su respiración, ver su placidez.
Su embelesamiento fue tal, que sin darse cuenta traspasó la barrera que separa a los dioses de los mortales. Aumatex abrió los ojos: frente a sí, el rostro más hermoso de doncella que había contemplado.
-¿Quién eres?- le preguntó.
-Soy Itiba, hija de Maorocotí- respondió.
-Señora, - dijo y cayó postrado a sus plantas.
-Levántate- le dijo amorosamente –no vengo como diosa sino como mujer. No se cruzaron más palabras, bastó que ella le mirase fija y profundamente para llegar a compenetrarle de un amor que naciendo en Itiba, fluía como sagrado manantial en su cauce natural. Allí quedaron prendados.




Entonces y solo entonces se dieron cuenta que podían tocarse. Maorocotí, absorto en sus quehaceres divinos no se percató de la ausencia de su hija. En la tierra; Itiba y Aumatex paseaban su amor por la pequeña estancia, en la pradera, en los montes, en los cocales, en las blancas arenas de la playa.
Aumatex era inteligente y gobernaba su cacicazgo con sabias leyes que mejoraban la vida de los indígenas, el trabajo era colectivo y lo producido alcanzaba para todos por igual. Se mejoraron y construyeron bohíos y un gran caney para la diosa de Aumatex, como le llamaban. 

Con la orientación  de Itiba,  Aumatex aumentó sus conocimientos para provecho de la comunidad. Todo era progreso y felicidad, sin embargo Cotuba mantenía algunos  de sus nativos en territorio de su hermano a fin de que le mantuvieran informado de lo que allí acontecía.

En principio, el cacique Cotuba no dio importancia a los informes, pero a medida que pasaba, estos aumentaron tanto como su preocupación; pues parecía cierto que Aumatex, no solo tenía esposa sino que además era muy bella, la “criatura más perfecta que dioses hayan creado”, repetían sus informantes.

Pero lo que más le inquietaba era el bienestar que Aumatex obtenía en su cacicazgo; pues aquello podía motivar un descontento en su pueblo, ya que él no había podido darle lo mismo.
        Frente a esa situación Cotuba con un grupo de sus más valientes guerreros, decidió incursionar en las tierras de su hermano. Muy temprano en la mañana se aproximaron a las altas montañas que él mismo había establecido como frontera entre su inmenso cacicazgo y el  pequeño reino de Aumatex.

Cuando comenzaron a descender ya había pasado el mediodía; desde cierta altura Cotuba pudo comprobar la certeza de los informes. Las praderas estaban sembradas de maíz, yuca, batata, y frutos diversos, la comida era abundante. El reino de Aumatex tenía garantizado el bienestar. Cotuba quiso seguir viendo lo que su hermano había logrado con la hermosa diosa consorte.

Comprobó que los pequeños ríos habían sido encauzados a trampas profundas para mantener reservas de agua. Los bohíos eran sólidos, espaciosamente construidos: poseían muchas canoas, algunas con capacidad para ochenta guerreros.

La preocupación dio paso a la soberbia y decidió públicamente llegar hasta su hermano, al  fin y al cabo él era el cacique mayor y por tanto Aumatex y sus indígenas le debían respeto.
Mientras caminaba noto que todos los gobernados se inclinaban atemorizados, esto le produjo gran satisfacción. Cuando Cotuba entro al caserío ya Aumatex había dispuesto que en su Caney, hubiera alimentos, frutas y agua fresca para recibirle junto a la bella Itiba.

Varios de las naborías más cercanos a Aumatex recibieron al Cacique conduciéndole a la casa principal. Cuando Cotuba entro al caney quedo impresionado con la belleza interior de la morada. Frente a sí, sentados en hermosos dúhos tallados en caoba, la bella Itiba, Aumatex, uno dispuesto para él y otro para el brujo-curandero de la tribu llamado Bohutihu.

Al verle todos se pusieron de pie, Cotuba se acerco, saludo con un enérgico ademan de su brazo derecho. Miró de soslayo al Bohutihu y luego a su hermano para finalmente llegar a Itiba; quedo estático, sus ojos no se despegaron del rostro de la diosa, para lograrlo tuvo Aumatex que invitarle a su lado.

-Entonces Cotuba le dijo a su hermano:
-Dale de comer a mis gentes.
-Aumatex noto la soberbia del cacique al ordenarle; pero aceptó. Miro a uno de sus no barios y con un movimiento de cabeza le autorizó  a cumplir la orden. En el Caney, la conversación giraba en torno a los logros obtenidos en aquel pequeño sobre todo dela cosecha de maíz. Afuera el areito indicaba que se vivía un momento importante; el guey quemaba con su luz resplandeciente, bandadas de higuacas sobrevolaban el batey ensordeciendo a los indígenas con su característico sonido.
        Cotuba miraba con insistencia a Itiba, sintió su piel ardida y sed. Tomo su vaso de caona, lo introdujo  en el canarí, apurando sorbo a sorbo el agua. Luego se dirigió a su hermano; -Mi cacicazgo es extenso y su población abundante, por tanto te exijo que la mitad de la producción me sea enviada al momento de la cosecha. Aumatex sintió que Cotuba estaba poseído por un mabuya; no pudo   responder pues, Cotuba avanzo resuelto a la puerta y se marcho apresurado seguido de sus naborías.

En el rostro de Aumatex quedaba la preocupación reflejada en su frente, Itiba lo noto, se le acerco y le beso tiernamente en la mejilla. El buhitih y yacía sentado sobre el duho con sus  ojos entrecortados y su rostro inclinado hacia el turey, el cual mostraba algunas nubes blancas y el azul del infinito.
        Había motivo de preocupación, más que en el presente, Aumatex pensaba en el futuro, por eso le ordenó al brujo curandero:
-Haga ante el cemí el rito  de la cohoba, debemos conocer lo que estoy significara para nuestro pueblo.-Dicho esto salió buscando la fresca brisa que le aliviara la opresión que sentía en su alma. El tiempo paso, cada día las exigencias eran mayores, ahora no solo se limitaba a la cosecha  sino que en adición Cotuba enviaba un grueso importante de sus guerreros al pequeño cacicazgo; primero cada cierto tiempo, luego de forma permanente alternándolas.
Aumatex estaba en la obligación por consiguiente de suministrarle alimentos y bohíos. Luego tomaron posesión de las canoas y las playas, también vigilaban el sao donde estaban los sembrados; luego mando a buscar los artesanos de la caona,  con ellos allí, redoblo el  esfuerzo en la búsqueda del precioso metal; también  pidió a los aborígenes que construyeron el caney de Itiba, pues el quería uno más grande y mejor decorado. Ordeno construir un hermoso duho con la olorosa sabina,  decorado con ribetes de caona.
        Sucedía que Cotuba no podía olvidar a la diosa Itiba, al  principio pensaba en ella por momentos, luego su imagen  y la melodía de su voz estuvieron de manera permanente en la cabeza del cacique. Se sentía preso de una posesión incontenible. Cada semana le enviaba un regalo a sabiendas de que era la compañera de su hermano. Entonces decidió volver y llevarle el asiento propio de una diosa-reina. Deseaba verla y escucharla hablar, pues Itiba, a diferencia de todas, al hablar cantaba, era un hermoso sonido que dejaba a todos alelados.
 Llego una mañana de lluvia tropical, abundantes y frescas, le acompañaba un numero importante de sus gentes, en el momento en que Aumatex en el sembradío daba gracias  al dios de las lluvias por mojar sus plantaciones.

Estaba en el sao cuando llego el mensajero que enviara el Bohutihu, Aumatex desde que le vio supo que pasaba algo malo, pues el corazón le dio un vuelco y empezó a latir apresuradamente. El aborigen postrado a los pies del cacique empezó a narrar lo que le habían mandado a decir.
        Sucedió que Cotuba llego al batey con sus guerreros dirigiéndose al caney donde estaba la bella Itiba. Le presento y le entrego el duho que había mandado labrar. Itiba entendiendo sus intenciones lo mando a poner en el sitio que le correspondía a su marido diciendo:
-Esto solo puede ser usado por un cacique.
Cotuba que la miraba con pasión, monto en cólera.
-Traje esto- señalando el duho- para una cacica,  para la que deseo tener en mis dominios.
-¡Imposible!- respondió con firmeza Itiba, y agregó:
-Soy la de tu hermano. ¡Quebrantarias todas  las leyes! – terminó diciendo.
-¿Acaso no violaste tu las leyes divinas?-pregunto Cotuba, para luego afirmar.
-Que me dejas a mi, pobre mortal enamorado.
Entonces se abalanzó sobre Itiba tratando de abrazarla.
Ella le separó con indignación, él preso de ira y soberbia, mando a sus servidores a cerrarle el paso.
         -Te llevare a mi cacicazgo- dijo con brusquedad. Y ordenó rodear el batey y buscar a su hermano Aumatex. El buhitiho apenas llego al caney, trato de intermediar ante el enfurecido cacique, pero fue sometido a la obediencia con un certero golpe de macana. Antes de esto él había enviado un indígena al sao para informar al cacique lo que acontecía.
        Cuando el nativo terminó su relato miro temeroso el rostro del cacique. Aumatex que siempre fue manso y generoso tembló de cólera, paso un tiempo en silencio, pero cuando hablo su voz era dura, metálica, llena de coraje.
Mando llamar a todos los aborígenes  que se encontraban en el sembradío luego envió emisarios a puntos estratégicos para avisar y reunir a las gentes que habían escapado; fijo un punto de encuentro, desde allí, tomando atajos emboscarían a Cotuba antes de llegar al firme de las lomas y podrían rescatar a Itiba.


        DEL INTENTO DE RESCATE.

Las medidas tomadas por Aumatex, fueron certeras pues llegando al manantial “De las luces”, encontró esperándole un grupo de sus arqueros, todos se postraron ante él. Este les ordeno levantarse y pregunto: ¿Dónde se encuentra Cotuba?
-Camino a su cacicazgo, respondió un naboría; el grueso de sus gentes quedaron en el batey controlándolo, la reina Itiba viene con él, le llegan atada a una litera.
-Como lo pensé,-dijo en voz alta el cacique mirando a todos los que le rodeaban; esto significa que estamos parejos en fuerzas.-Y agrego: -Tomaremos el camino de los samanes y en poco tiempo estaremos en el firme de las guajacas. Cuando Cotuba arribó al área con su comitiva,  Aumatex y sus aborígenes lo esperaban.
        A una señal, se lanzaron al combate con ímpetu de violenta mara. Había  que rescatar a la diosa-reina. La batalla se entabló de inmediato. Aumatex viéndose en desventaja se lanzó a la lucha también, esta acción operó un cambio positivo en sus hombres que retomando nuevos bríos hicieron retroceder a Cotuba; por un momento parecía que Aumatex lograría rescatar a Itiba; pero he ahí que de pronto surgiendo de entre las malezas del lado del poniente, centenares de nativos se lanzaron al combate, eran hombres del cacicazgo de Cotuba, quien había dispuesto desde su salida que uno de sus principales ejércitos se dirigiese a la zona como forma de protección a su misión. La lucha entonces desigual era presenciada por Itiba, que desesperada intentaba infructuosamente soltar sus manos; cuando logró ponerse de pies, sólo alcanzó a ver a su amado Aumatex cuando era hecho prisionero y golpeado. Cotuba llegó al sitio, se acercó arrogante a su hermano y este, lleno de dignidad se le abalanzo; Cotuba, lanza en manos, le esperó dándole muerte. El grito de Itiba fue desgarrador, tan fuerte que se escuchó en el Turey donde moraba su padre Maorocotí. El dios supremo se acercó al lugar, y todo retumbó, el Turey oscureció. Las luces, como chispazos, brotaban por doquier, la mara comenzó a soplar con tanta  fuerza que todos tuvieron que agarrarse de algo. En medio del desconcierto se oyó la voz de Maorocotí preguntando por su hija.
        -Aquí estoy padre; respondió Itiba.
Bastó una mirada de él para conocer todo cuanto había sucedido. Su rostro se endureció al mirar a su hija; luego se entristeció con su dolor; para finalmente volver a enfurecerse con lo que había ocurrido. La presencia de Maorocotí llenó de pavor a los nativos; todos incluyendo  Cotuba cayeron, su frente topando el suelo. Nadie se atrevía a levantar la cabeza. Entonces se oyó la voz como trueno, que retumbaba las fibras más intimas de todos y cada uno de ellos.
-Malditos sean hijos de mi creación; les he dado lo mejor de mí, y ustedes en cambio han utilizado lo peor de sus almas.
-Han derramado la sangre de sus hermanos y por ello serán castigados.
-Les mando retirarse a sus tierras, allí labrarán sus saos y de sus frutos vivirán y no de los ajenos.
-En cuanto a ti Cotuba, serás separado de tu reino y en una canoa te harás a la mar, será la mara quien en lo adelante te guiara. Luego, volviéndose a Itiba la levanto a su presencia comunicándole lo siguiente:
-Amada hija, tu dolor desgarrante y tus lágrimas me prueban que eres humana y no diosa. Por tanto, seguirás viviendo en las tierras de tu amado Aumatex; pero tu desobediencia debe ser castigada, porque además de tu padre soy el dios que regula todo.
-Padre déjame volver. -Suplicó sollozante Itiba en medio de su dolor.
-No, tu falta es grave y pone en peligro las leyes del Turey. -Respondió Maorocotí.
-Te castigo por tanto a permanecer en tierra, desde ahora no hablarás porque tu canto  embelesará a los hombres, sólo emitirás jupidos como lamentos; tus pies estarán invertidos, al revés, significando tu deseo de volver al lugar de origen, y tu vergüenza será cubierta con el pelo que dejarás crecer hasta los tobillos. Vivirás entre los montes, entre los samanes y las amapolas florecidas, saciarás tu sed en los frescos manantiales y perfumarás tu piel con el aroma de los azahares. Vivirás oculta de todos y cada tres conjunciones de común en el invierno, hasta tres, te procrearás a ti misma; esto será definitivo también para tu descendencia por los  siglos venideros. ¡Márchate!


Dicho esto, la figura de Maorocotí se esfumo, entonces la penumbra dio paso a la claridad con agilidad de potrillo.
               
©Oscar Holguín-Veras

Dr. Oscar Holguín-Veras Tabar
Autor de Grun-Grun, el centolla y otros cuentos para niños y jóvenes. Odontólogo y catedrático universitario.
Fundador del Grupo de Literatura Infantil Pedro Henríquez Ureña.

Comentarios

Anam ha dicho que…
Vaya, vaya! me has sorprendido
dr.Oscar Holguín, con ese maravilloso cuento indígena. Ignoraba que escribías tan bonito y además lo interesante- me ha encantado-.
Me disculpas que no conocía tu trayectoria literaria.
¡Brillante cuento!