lunes, 2 de octubre de 2017

BAJO UN MISMO SOL



CAROL RORALÍA CÁRDENES

1996
Ediciones Infantiles Dominicanas

El sol se ocultaba finalmente, detrás de las montañas, que en la Isla Hispaniola forman la Cordillerra Central. Sus rayos cansados cobijaban la figura de Guayacoa, quien caminaba apresuradamente.
Estaba triste. No podía entender por qué su vida se había transformado así.
En pocas lunas había visto desparecer, primero a su padre y abuelos y luego a su madre. Aún recordaba aquel día en que alguien le avisó:
—¡Hay unos hombres raros en la playa!
¡Con cuánta alegría, él mismo había recogido junto a los demás niños de la aldea, pedazos de oro y objetos valiosos para entregárselos a esas gentes! Les habían dado a cambio unas cuentas de vidrio.
Fueron esas mismas gentes quienes, poco a poco, se adueñaron de la isla, de su mundo, de sus padres, de su vida…
Luchó por contener el río de lágrimas que, una vez más, amenazaba con inundar sus ojos.
Había comido junto a sus amiguitos. Fue uno de los primeros en llegar hasta allí. Disminuyó la velocidad de sus pasos a medida que se acercaba. Sus labios, y sus ojos se abrieron con gran asombro, al contemplar, con interés, aquellos extraños personajes, con unas vestiduras que nunca había visto.
Su piel era tan blanca como las piedras lisas que acostumbraba buscar a la orilla del río.
Sus cabellos relucían como el maíz, y el mirar de sus ojos le recordaba el azul del mar.
¡Sí tan sólo tuviera a su madre! ¿Quién cuidaría de él ahora? Aunque, eso sí, prefería vivir para siempre entre esos montes antes que volver allá abajo, donde hombres malos lo maltrataban y se burlaban de su piel oscura.
Apretó sus labios, en un gesto de rabia, mientras pasaba la manita por su cara, para secar las lágrimas que habían brotado. En ese momento escuchó un sonido agudo que rompió el silencio del monte. Tembló de terror y trató de esconderse detrás de unos matorrales.
De pronto, vio a alguien que lo observaba sonriente. Parecía una niña, pero no estaba seguro. Tenía los cabellos largos. Tan largos que casi llegaban al suelo. Andaba desnuda, como él, aunque su pelo negro y abundante le cubría todo el cuerpo. Comenzó a caminar en dirección a ella, que lo llamaba con un cantar más suave que el que había entonado al principio.
Fue entonces cuando descubrió que tenía los pies al revés.
Ella lo tomó de la mano y él tuvo que reconocer sorprendido, que a pesar de la diferencia en sus pies, ella corría más rápido que él.
Poco después llegaron a un lugar alto. Guayacoa trataba de controlar su respiración agitada, cuando vio entre los árboles una cueva, de donde salían más seres. De pronto surgieron en su memoria, como un rayo, las historias que acostumbraba contarle su abuela, sobra esas criaturas de la noche llamadas ciguapas.
Allí había vías. Viejas, con la piel arrugada y los cabellos blancos. Algunas jóvenes, que caminaban con gracia, y pequeñas, como la que aún lo tenía fuertemente agarrado de la mano. Todas lo rodearon.
Experimentó una sensación de temor que fue disminuyendo a medida que las ciguapas le ofrecían frutas, agua fresca y alguna hasta le acariciaba la cabeza como acostumbraba hacerlo su madre. No tardó mucho en sentirse contento y confiado. Poco a poco fue descubriendo el maravilloso mundo de las ciguapas.

Pronto se dio cuenta de que él era su prisionero, pues ellas se dedican a secuestrar a los hombres. Son alegres, sensibles y coquetas y viven siempre en los montes. Los machos son seres nobles que se ocupan de buscar alimento. Guayacoa aprendió a salir al oscurecer a buscar sal y guineos maduros.
En compañía de Tainarí, que así llmó a la ciguapita que lo había traído, recogía flores silvestres para tejer alegres coronas que colocaba luego en el hermoso cabello de su nueva compañera. Juntos fabricaban vasijas de barro y perseguían a las multicolores mariposas. La ciguapita se comunicaba con él jupiando, y él le hablaba a su vez en suave lengua taína. No tenían necesidad de intérpretes, pues en el lenguaje del amor el mensaje siempre es el mismo.
En las noches se deleitaba viéndolas bailar alrededor de la hoguera. Se movían en una danza rítmica que lo llenaba de nostalgia al recordar el Areito que acostumbraban a bailar los suyos. Se alimentaba de frutas y carne cruda.
Jugaba con las ciguapitas hasta el cansancio y así disfrutaba plenamente de esta nueva vida. ¡Se sentía tan agradecido por este cálido hogar, diferente y seguro, que el Creador y Protector de los niños le había proporcionado!
Así pasaron muchos, muchos años. Y hay quien cuenta que aún resuenan entre las montañas, como música, alegres risas, las del taíno Guayacoa y las de la ciguapita Tainarí, quienes bajo un mismo sol llegaron a ser hermanos.

©Carol Rosalía Cárdenes-Grimaldi

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