El lamento de la ciguapa

De creer a aquella viejecita que se extinguía frente al cementerio, Realí era una ciguapa joven, linda, de color de bronce y ojos pardos y relucientes, que vivía huérfna con su hermano en las cuevas de Santa Ana.
Y cuando esto decía, Francisquita la macutera, señalabra a sus espaldas con dirección a las cuevas, y haciendo en cruz sus curtidos dedos pulgares, besábalos tres veces para conjurar la verdad de su referido, que de la manera como lo contaba, le ponía a uno los pelos de puntas.
Desde que murieron los padres de Realí, exclamaba la viejecita mirando para todos los rincones y acariciando el gato negro que siempre calentaba sus piernas flacas, aún cuando ella tegía la cana de sus macutos, la pobre Realí y su hermano pequeño vivían dando suspiros de dolor inconsolablemente. De su estirpe rara sólo quedaban ellos: híbridos seres mitológicos que no se atrevían ahora a salir de las cuevas, por temor de ser cazados como su padres, que fueron latigados y quemados vivos por herejes y fenómenos.
Pero de quedar en las cuevas, decía la hermosa Realí al hermano más pequeño, siempre estaremos obligados a comer raíces, lagartijas y murciélagos... Yo quiero algo de lo que enantes nos traían Ataca y Yuri... Quiero también coger flores y aves. De este modo resolvieron salir de su alcázar de estalactitas, aunque siempre juntos, inseparablemente cautelosos y discretos por temor a alguna traición de los hombres.
Así, siempre unidos distanciándose un tanto el uno del otro, cruzaron montes, conocieron otras cuevas lo bastante para reflexionar acerca del porvenir que les esperaba.
Realí debería apresar hombres y el hermano mujeres, y en busca de presas, muchas veces y de noche llegaron hasta el Baluarte 27 de Febrero, sin resultado alguno.
Pero un día de tarde baños de sol y de primavera, en el lago cercano a las cuevas de Santa Ana donde moran hicoteas y ranas, mientras Realí lavaba sus pies en la fresca linfa, oyó una detonación que le asustó sobremanera. Mas, instintiva Realí como un leopardo, y al reclamo del hermano, cantó agudamente un canto triste y hondo como gemido de montañas.
Pedro Quijano del Río Claro era un apuesto mancebo que andaa de caza y montería aquella tarde de baños de sol y de perfumes de primavera, sin mastín ni más compañero que su escopeta de dos cañones. Ya había conseguido matar varias avecillas, cuando fue atraído por un canto raro que el hizo pensar en alguna buena presa, y a campo traviesa se encaminó por entre guayabos y campeches, seducido cada vez más por el canto que se repetía quejosamente como de animal herido. Pero fue envuelto por la obscuridad del monte y de la noche, fue asido fuertemente por Realí y el hermano que tendidos estaban en el suelo. Pedro fue amarrado por bejucos y conducido a las cuevas. Realí sonreía por ser ella la primera en conseguir una presa, y el hermano indiferente, acariciaba la escopeta de Pedro que quiso gritar... aunque hubiera gritado en vano entre aquellos montes...
Por la noche y alumbrados por cocuyos las ciguapas dialogaban interesadamente en el patio de las cuevas circulares y amplias como galerías de monasterios. Ataró, que así se llamaba el muchacho ciguapa, supo seguido que el botín era para Realí, porque aunque nunca había visto un hombre, pensó que ninguna mujer saldría sola por los montes. Esto lo apenaba con tortura, y quiso inducir a la hermana a una venganza de sangre, riendo felinamente, como riera una pantera ante un cordero, dejandocomo ver sus dientes puntiagudos y acostumbrados a chupar hondo.
Pero Realí se opuso. El pacto debe ser formal y eterno, exclamaba, mirando hacia el lugar donde yacía Pedro, acostado sobre un lecho de hojas verdes cuya belleza le atraía, tanto, que sin poderlo remediar y antes de salir el sol que ellos adoraban, acercóse a él y le dio de berber agua limpia y fría en un medio higüero aseado y seco, diciéndole en acento dulce y conmovedor que Pedro no entendía:
-Bebe, es pura agua de aquel manantial -y señaló un oscuro rincón que daba paso a una madriguera.
Pedro lamentaba su estado; pero en vista de que no se le trataría mal por lo que acababa de ver, y en virtud de que él también era atraído por la sin igual belleza de aquel ser tan extraño y lindo, diferente a los indios que él tenía en su casa y que su padre había comprado, quiso seguir de buen grado la aventura.
Pero no podía entendese con Realí y esto fue su preocupación. Aprendió su nombre de tanto llamarla Ataró y con mímicas significóle sonreído que debía quitarle aquellas ataduras. Realí le hablaba musicalmente con monosílabos, haciendo rictus de amor con la boca. Pedro le encantaba aquello y reía... Y Realí, atendiendo a la súplica de Pedro, desatóle dandole un beso en la frente.
Pedro la besó en la boca...
Los días pasaron, y mientras los padres de Pedro creíanle muerto, éste, sagaz e inteligente, comenzaba a hablar monosilábicamente musical con sus nuevos compañeros a quienes les enseñó a hacer luz y a guisar las aves que ellos cazaban con las manos cuando dormían de noche, sin dejar de impacientarse por sus padres que morirían por su falta en la ciudad.
Mas, en esto, viendo Ataró que sufría amargamente al ver a su hermana feliz, sin haber podido él encontrar una compañera, se abandonó a la tristeza y un día amenció muerto.
Esto apenó a Realí, quien por tener a Pedro, que la quería, pronto se consoló, entregándose con él a la vida libre y a los amoríos.
Junto al lago y sentados en la grama, otra tarde baños de sol y de perfumes de primavera, Realí y Pedro recordaban cosas sencillas y dulces.
Realí inquiría los secretos de Pedro.
-¡Dime que me amas! ¡Dime que no me abandonarás! ¿Que me haría yo sola, ahora que murió Ataró que tanto me quería?
-No pensemos en cosas tristes -dijo Pedro, y le besó en sus ojos pardos, hermosos y relucientes.
Pero, observándola minuciosamente, tildó un defecto que echó en su pecho largas y gruesas raíces de desengaños.
Pedro no podía acostumbrarse a los pies de Realí: los tenía inverso a los nuestros y con ellos caminaba dando siempre el frente. Esto era odioso, pensaba Pedro, y se decía:
-¡Qué lástima! Sólo cuenta con ciento ochenta lunas. Su boca es pequela, sus formas son lindas... y observaba que ella vivía constantemente ocultando sus encantos entre los grandes madejones de su pelo negro que caían hasta el suelo. Pero sus pies... ¡Qué lástima!
Y miraba con abstracción el fondo del lago.
Desde entonces, el gallardo Pedro pensó retirarse. Aquella vida salvaje le cansaba. Realí le parecía repugnante. Y el deber de sus padres sobre todo, le llamaba a Santo Domingo de Guzmán, donde fue una noche que Realí dormía, arrastrándose primero como serpiente hasta salir de las cuevas y perdiéndose luego entre los montes intrincados que apenas alumbraba la luna en su cuarto creciente.
El arribo de Pedro fue sorprendente. Sus padres reían y lloraban de contento sin dejar de recriminarle la broma. "Nerón" corría de un lado a otro de la casa, y meneando el rabo nerviosamente, saltaba sobre las piernas de Pedro que contaba su aventura. El padre intersado por el asunto llamó al hijo a parte y le preguntó confidencialmente:
-Luego, tendrás tú un hijo ciguapa.
Pero doña María que algo oyó enternecida por la pobre Realí que moría de pena, propuso fueran en su busa.
Y así fue...
Al otro día de la idea de Pedro, Realí buscó por todas partes la presencia de su amante, desesperadamente. Lloró y cruzó bosques y registró escondrijos un día y otro, lanzando prolongados lamentos a todas horas del día y de la noche...
Un ave negra como un búho detuvo su vuelo cerca de Realí y le dijo:
Calla y huye... Tus padres y tu hermano te esperan en las lomas.
Y Realí, acariciando su vientre, huyó salvajemente dando un grito...
Cuando Pedro y su padre llegaron a las cuevas de Santa Ana, acompañados de dos esclavos y del perro "Nerón", ya era tarde.
Las huellas de unos pies denunciaban la presencia de alguien que bajó de los montes...
El perro ladraba tenazmente olfateando pisadas.
Quizás olvidaba Pedro que fueran de Realí al huir hacia las montañas, parecía que de éstas habían venido hacia las cuevas, y lloró en brazos de su padre por la crueldad que con Realí había cometido.
-¿Se habrá muerto?
La tarde declinaba. El perro seguía olfateando y ladrando. Y las tórtolas cantaron el lamento herido de Realí.
Y dicen, que las tórtolas, desde entonces, cantan como cantaron las ciguapas.

RICARDO SÁNCHEZ LUSTRINO
publicado Suplemento Cultural COLOQUIO
sábado 28 de octubre de 1986
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Comentarios

Saren ha dicho que…
Ufff ese cuento me entremezio de verdad que si gracias por colocarlo, e estado buscando informaciones sobre las ciguapas todo detalle posible, y enconjtre tu blog muy bueno si quieres danos una visita a este blog http://www.alphaevedesings.blogspot.com/

actualmente estamos trabajando en un proyecto llamado Baká.

Somos illustradores tambien y hacemos Comica- manga osea historietas estilo japones pero con su toque dominicano espero que te guste y muy buen blog de verdad eso me a ayudado para la historia que estoy escribiendo gracias ^^.
Saren ha dicho que…
PD: perdon por las faltas ortograficas :P