EL AMOR DE LA CIGUAPA


Curtido en luchas intestinas, veterano guerrillero, Prudencio Meregildo se ha independizado con sus secuaces tomando posiciones en torno al fogón, donde manos expertas se mueven incansables manejando los cuchillos y los criollos aderezos. Sobre enorme brasero se cuece el fruto de la rapiña; un cuarto de res y un centenar de hermosos plátanos de la hoya del Camú. Mientras emanaciones apetitosas invaden el ambiente, con la promesa de una tardía pero abundante cena después de la cual, habrán de conceder a sus cuerpos algunas horas de merecido descanso. Recostados unos sobre las raíces de los árboles, tirados otros en el suelo y formando los restantes ruidosos grupos que se entregan con igual facilidad a la discusión que a la charla estrepitosa. 

Ha cesado como por encanto la algarabía, al levantarse esa voz pausada con la apasionante seducción de lo enigmático, de lo sobrenatural. Es a la hora del reposo, tras fatigosas jornadas de excitación y de peligro, en que las sombras y el silencio circundantes predisponen al retraimiento, a la superstición. 

Y mientras llega la hora de saciar el hambre: 

-Cuando en las grandes siembras de café empezaron a tumbar los montes, antes de talar, marcaban el terreno con unas trochas larga y por esos mismos callejones bajaban de noche las ciguapas a robarse la sal y la manteca. Pero aunque las sentían escarbando en las cocinas, nadie se levantaba, se contentaban con dejarlas hacer y deshacer y ni siquiera ladraban los perros, porque ellas los bajéan primero. Noches había, que no les permitían pegar los ojos y se las pasaban desvelaos en sus barbacoas, contando las horas hasta que a ellas les daba la gana de volverse al monte, y namá se les oía el canto: jup, jup, jup. Loma adentro, sembraban frijoles en los claros y así que cerraba la noche, venían de ni se sepa dónde y desenterraban los granos. Cosas que yo no sabía oí contar en esa reunión: no hay machos sino hembras, y cuando se enamoran, porque dicho sea de paso se encaprichan igualito que las mujers, no le pierden ni pie ni pisá a su hombre hasta que éste, despavorío, tiene que consentir. Echarles mano ya es cosa más difícil. Que se sepa, el único sistema conocío, asigún aseveró el mentao Tolentino Fermín, es chubarles un perro negro cinqueño y más adelante las encuentra usté añingotás soplándoles: ¡sió perro! ¡sió perro! muertas de miedo. Pero hay que seguirles la huella, no como al cristiano nacío de mujer bautizá, sino por la dirección de los calcañales, porque tienen los pies al revés y cuando corren, les suenan como chancletas. 

-¡Jum! -hizo uno, abriendo desmesuradamente los ojos- ¡Carijo! ¿Esas no serán cosas de Satanás? 

-¡Bah!-repuso en su misma cara el que le quedaba al lado-. Ese cuento es más viejo que el andar a pie. Siempre son referencias de otros; que Celesto la oyó, que Presbisterio la sintió, que a mi comadre Olaya le dio un susto... pero todavía no encuentro la persona que me diga claramente: ¡yo la vide con estos ojos; tenía una mata de cabello que le arrastraba por el suelo y corría con los pies al revés! ¿Digo o no digo la verdá, amigo Severo? De los presentes, el que tenga un testimonio de esta clase, que lo haga valer aquí y nos dejará convencidos pa réquiem.

 

-Eso de que las hayan visto es bacalao de otro barril. Lo que opina Benito es la pura realidá: que me aseguraron, que yo oí cantar, que me dijo mi compadre Anacleto ¡pero nadie la vio con sus propios ojos, ni le puso la mano encima! Y mientras tanto quedamos en la misma, creyendo en una cosa, poique yo no niego que también creo, de la que nadie puede decir ¡este pelo es de ella, yo mismo se lo arranqué! 

-Fue en La Vega -terció otro- donde sucedió lo que les voy a contar. Pero la verdá sea dicha, tampoco voy a jurar que las he visto. Cierto día, un hombre salió a cazar camino de Jarabacoa, donde andaba el puerco cimarrón jugando al garrote por entre esos pinares. Después de medio día caminando monte adentro, el perro que lo acompañaba rompió a ladrarle a un tocón lleno de flecos. Receloso, poique no cataba pájaro ni animal, se acercó y vio que no eran tales flecos ni bejucos como había creído primero sino cabellos. Y de lejos, comenzó a lavantarlos con el cañón de la escopeta ¡Y aquí fue donde retorció la puerca el rabo! ¡Oigan eso! Se encontró con un par de ojos como de gente que lo miraba. Los de una ciguapa, mansita como una gallina y se la llevó al pueblo. Pero taba de parto y los pechos le diban estilando la leche. Cuando el hombre del cuento se aburrió de ganar dinero con la pájara ésa, llegó hasta a pasearla por las calles, pero el cura, lo obligó a devolverla al mesmo sitio del mote que la había capturao, poique se manijaba llorando su cría, la pobre. Esa no llegaría a una vara de alto, asigún me contó el viejo Tomás, que es hombre serio y no dice una cosa por otra. Él era todavía un muchacho en esa época y pudo verla con sus propios ojos. 

-Historias, historias... ¿A qué se debe entonces, que en mi camino se se hayan cruzao junca, con tanta montaña solitaria como he rejendío yo a toas horas del día y de la noche? 

-Es que a to el mundo no se le aparecen, amigo Carpin, hay que tener la sangre dulce pa ellas, lo mismo que pa las pulgas. 

Prudencio Meregildo, que se disponía a encender un grueso cigarro, tiró el fósforo lejos de sí y lanzó una risotada. 

-¡Anjá! -dijo burlón-, ¿Cómo el que siembra cocos sentao en el suelo, para que la mata se dé bajita? 

Pero no faltó quien, interrumpiendo la carcajada general, formulara muy en serio la siguiente observación: 

-Que no se figure nadie, que esas son cosas de ahora. Mi abuelo juraba haber visto las ciguapas, y los indios también, que éstos últimos viven en cuevas, abajo el agua. Y cuando el río suena, por algo será. Si quieren, y no me estorban con sus jaranas, yo puedo contar algo por el estilo. 

-¡Cuéntalo! ¡Cuéntalo.

 

ESCRITO Por ALFREDO FERNÁNDEZ SIMÓ

Publicado en Coloquio, sábado 28 de octubre de 1989

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